domingo, 23 de noviembre de 2008

Historia de sábado a la noche

Ella estaba triste, angustiada, ¿vencida por las circunstancias? El viernes anterior había sido su horario de terapia y un embotellamiento la había atrasado veinte minutos en Puente Pacífico con lo que la sesión se había visto reducida a sólo media hora. Al salir, había recordado que el domingo era el cumpleaños de él y, sacando voluntad de donde desde hacía tiempo le menguaba, había ido a Cabildo y había comprado una hermosa caja de regalo con elementos de baño anaranjados. Él le había enviado un mensaje el mismo viernes, pero ella había desistido del encuentro porque no se sentía capaz de sostenerlo: su cerebro y su cuerpo eran tierras arrasadas y prefería meterse en la cama y dormir hasta el día siguiente. El sábado se hablaron por teléfono. Ella le volvió a decir cómo estaba; pero sabía que era su cumpleños y quería darle el regalo y festejar algo con él. Le aclaró: "Sencillo, pidamos empanadas. Yo no estoy para cascabel de ninguna celebración." El tocó el timbre a las nueve, como habían acordado. Ella acababa de tener un pequeño contratiempo; pequeño, pero destructivo. Se subieron al auto. Necesitaba silencio, sólo un poco para hallar la punta con qué comenzar a desatar el nudo que se había anudado segundos antes. Él hizo una serie de comentarios que no hicieron más que ajustar el moño. Ella lo miró y él le dijo: "Si vas a estar así te llevo de vuelta a tu casa." Ella puso la mano en la traba y contestó: "Mejor dejame en esta esquina". Se bajó y caminó desde Alvarez Thomas y La Pampa hasta su casa para que se le sosegara el alma. No lo logró. Los otros estaban dispuestos a apalearla, de eso ya no había duda. Era mejor así: dormir sola hasta que acampara.

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