domingo, 16 de noviembre de 2008

Noche

Los labios como mariposas de alas rojísimas abren un cielo de fragancias en un mar de yemas encendidas por el tacto. Sólo queda el sudor de la noche liviana de noviembre. Huele a jazmines el ruedo de la luna y los cristales chocan con sonido de campanas desprendidas en medio del cielo negro. Tu cuerpo trae recodos de luces antiguas y familiares, un sentimiento de lluvia sobre la tierra seca: todos los animales se recuestan cansados debajo de las estrellas de pan y de zafiros. Mi voz se vuelve ronca como una gacela adormecida y te habla en la línea de tu cuello que se enreda como una liana en mi cintura pequeña. Junto a mis piernas se cierne tu vegetación selvática con su frondosidad espesa, pero el sueño llega con su rasero de milagros y tu cabeza se apoya sobre mi vientre para callar ahora y olvidar lo que dijimos hasta llorar ayer.

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