lunes, 3 de noviembre de 2008

Sombras en la arena

A veces pienso que las cosas que suceden no están pasando, pero la verdad es otra y el día se estira sobre sí como una sombra al atardecer en la arena de la playa. La sombra es larga y no se puede tocar su punto final. Así pasan mis días en este instante: largos, solitarios y sin poder alcanzar jamás su punto final. El sol cae a la tarde y mi cuerpo se vacía de todo deseo y pulsión. Nunca sé qué me deparará el siguiente amanecer, excepto otra sombra que irá estirándose hasta alcanzar un punto final que yo no podré siquiera tocar. Espero, sin embargo algunas cosas,; pero sé que no sucederán: el abrazo fraterno de mis hermanos que me envuelva ahora y acá, la mirada cara a cara de Mónica llevándome a las fronteras de mi propia lucidez y tu risa diciéndome que no podés dejar de pensar en mi triste fragilidad. Sin embargo la sombra crece con la tarde y nadie viene a apagar el sol para que no se estire más. Hago una mousse de chocolate, lavo los platos, compro comida y me siento morir por dentro como si fuera el sol que va quemando lo que tiene mi interior. es cierto que todo podría ser peor. Pero las dimensiones de las propias circunstancias sólo las mensura una sin la ayuda de ningún metro patrón porque París es una ciudad que disolvió en medio de la sombra y la tarde se funde en el horizonte del mar. El desconsuelo es una gota de luz que tiñe los márgenes de la noche donde me siento a ver la luna pasar.

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