sábado, 20 de diciembre de 2008

La Gorgona maternal

Cada tarde
Cada maldita tarde
Cada estropeada y absurda tarde
la Gorgona se planta frente a mí para mirarme
con sus ojos negros como dos pozos
con sus ojos como dos llamaradas de ira
con sus ojos rojos como las banderas de la revolución que fracasó y en la que ella sigue empeñada.
Yo querría
que sus serpientes se disolvieran para siempre en el aire
que su cabeza estallara en mil pedazos
que su cerebro desquiciado y repleto de odio se desperdigara por las cuatro esquinas del cosmos que ella vuelve a transformar en caos cada vez
que su cuerpo enfermo se alejara impulsado por un vendaval de meteoros quemados.
Pero ella me mira de frente
y yo sólo atino a llorar
y las lágrimas me vuelven a rescatar envueltas en el vapor de la tristeza más honda.
Perseo tiene los ojos del color del mármol veteado de azul, pero jamás pudo cortar la cabeza de mi Gorgona personal, la que él mismo trajo una vez hasta mí.
Abandonada al borde de una puerta, detrás de una silla, espero llorando que vuelva a mirarme con su escupida venenosa para gritar que los deseos tienen cuerpo de madre y que nadie viene por mí esta vez.
Bauness es una calle larga que se cruza consigo misma y la policía, los bomberos y el SAME apagan un incendio en una casa blanca al borde de una plaza, pero la Gorgona se quedó atrás encerrada entre las llamas y el agua.

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