miércoles, 20 de diciembre de 2000

Declinación

Los machos cabríos son como los diablos cojuelos
aparecen en las bacanales y en el carnaval
cuando una menos los espera
pero jamás
cuando se los desea
o se los necesita
o cuando no se quiere estar sola.
Estoy cansada de necesitar
compañía
cuidado maternal de las manos de un hombre.
Mónica Volonteri, "Poema épico I: Máximo Gómez bajando"

A todas las horas de los días que pasan y van pasando estoy como la tarde: declinando.
Y ya me harté de los ejercicios que me proponen las lenguas muertas.
Vir stultus.
De todo lo que pedí -que siempre fue exiguo - nada me diste
y vos, el que dijiste en las tardes de algún febrero no sé qué obviedades que no puedo recordar aun con esfuerzo, vos te llamaste a silencio como las campanas luctuosas que evoca Cecilia de su infancia perdida en Chajarí.
Y voy como la tarde declinando.
Virum stultum
Oh, Dios, qué lejos quedan las serpentinas y el cotillón perfumado de las fiestas de noviembre:
sumergido en frascos que nunca alojaron ninguna germinación.
Porque nadie tuvo un verano junto al mar y en la playa.
Nadie, ni siquiera yo, que fui dos veces a Puerto Madryn a tomar sol y cenar salmón con mil hojas de papas y salsa de hierbas montaraces como yo.
Siempre sumaste negativas que se tornaron sepias de tan rancias.
La tarde se declina en el perfil húmedo del río en San Antonio.
Viri stulti
Geranios secos malvones enmohecidos y rosas plagadas de pulgones verdes que no las dejan florecer.
Para conocer a un hombre hay que ver cómo se comporta con sus hijos: esa es la única vara de la verdad.
El resto es léxico de ensueños seductores que se caen después de la última media de seda que pende del velador.
Y el calor aletarga el cerebro en un vaivén de aspas que no levantan ni una mísera brisa ahora y aquí.
Viro stulto que vale por dos para mi dativo y tu ablativo redomadamente vacío de posibilidad.
Me recluí en el monasterio de Yuste a llorar con Carlos V mientras nuestro bienamado Felipe empezaba a levantar El Escorial.
Antes o después, san Juan, que era medio fraile para la desbordada Teresa, muerta de puro extasis en Ávila, san Juan gritaba que adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido; como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti, clamando, y eras ido.
Y la historia que se repite, que no deja de repetirse una y otra vez hasta llenar todos los anales de todos los estantes de todas las bibliotecas que me rondan.
Viri stulti
y en los portones las vecinas guardan las sillas porque declina la tarde como yo.
Ya se viene la tormenta desde el río y en los balcones coloreados de verde, donde las gitanas se desmayan de pena, sopla viento de este que trae lluvia como peste otra vez.
A esperar que refresque se quedaron los otros:
yo muero de calor
mientras el alma se me enfría por el año que se va y yo me quedé acá.
Viros stultos
mal te perdonarán a ti las horas
las horas que limando están los días
los días que royendo están los años
susurra en mis oídos don Luis que sabe a gloria en su castillo de ébanos perfectos mientras el Guadalquivir moja con turbias aguas las orillas de Córdoba y el califa se asoma a esperar que su harén de hijas y mujeres le dance para su propio gozo sin que nunca tenga que salir de allí.
Virorum stultorum y nadie más dice declinaciones excepto yo, la de la lengua muerta, y la tarde que está oscura y nocturna.
Me rodean los libros los papeles los sonidos
Me rodean los frascos de Emily ya coagulados y la manta que bordaba la viuda de Raskólnikov para usar cuando tuviese frío; pero, como se fue a vivir al Caribe, suda ahora de calor y además, a Raskólnikov se le dio por salvar a Sonia y fue castigado en una húmeda prisión rusa a la que aún no había llegado ni el realismo socialista ni Stalin en forma de madres encerradas reiteradamente en hospicios donde todos insistíamos en que ya se muriera de una buena vez para que a todos nos dejara de joder: hundida en la pileta, atiborrada de pastillas o volando desde un piso cuarto derecho a la planta de luz. Pero jamás dejó de teatralizar y el que se murió fue papá, harto de su rol de enfermero y sacador de pavas que se fundían abandonadas en la hornalla y mis hermanos huían lejísimos para no morir o matar.
Viris stultis por dos
me subo al 111 para ir Campillo bajando hasta el murallón del Tornú donde todos ustedes chocan y yo, ninfa imprevista y delgada, sobrevivo para contarlo una y otra vez.

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