domingo, 14 de diciembre de 2008

Domingo de lluvia


Ahora llueve y el aire está lleno de humedad y silencio.
Y vos quedaste tan distante que ya no puedo recordar ni el olor de tu cuerpo dormido.
Todos los paradores cantan bajo la lluvia,
pero no puedo distinguir sus palabras porque se mojan al llegar a mi oído
y vagan disueltas en el aire.
Hace ya muchos meses, como dos que suman cuatro siglos, que el hilo se adelgaza
y, ahora, es transparente como las gotas que caen
que mojan la terraza y la ropa que dejo que se moje.
Ahora ya no recuerdo ni el exacto color de tus manos.
El vendaval que pasa, que está pasando te llevó a otra patria
y nunca deseaste un pasaje de vuelta a estos territorios.
Ya no sé de qué hablabas,
a qué sabe tu boca,
cuál es la nota de tu risa,
cómo cebás los mates.
No puedo recordarte y estás tan lejos
que prefiero olvidarte un domingo de lluvia
y pensar que no exististe nunca
que todos estos años fueron agua caída quién sabe en qué canasto.
Vos también lo sabés. Y es un deseo mutuo.
Así que bien podrías evitar los rezagos que bajan por las alcantarillas de la tristeza ahora.
Voy a perder tus números, tu nombre
y la angustia que me das cada día en que no estás ni estuviste para decirme que todo en esta vida pasa; que se vuelve a los tumbos, pero se vuelve siempre; que hay amor aunque duela pensarlo; que un hijo es una carne que tiene que dolernos y también alegrarnos; que soy fuerte aunque llore; que duerma hasta tarde; que coma; que me cuide; que me cuidás.
Quiero perderte para siempre como la lluvia corriendo en las canaletas de los tejados...
¡quién sabe hacia dónde!

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