viernes, 22 de diciembre de 2000

La cuadra vacía

No hay nadie en la cuadra
y París queda lejos, y más lejos aún quedan los cátaros quemados a ambos lados de unos Pirineos nevados que yo no debía ver esta vez.
Compramos unas botas y me dijiste que, cuando hacía scons, me amabas, me reí y te ofendiste; mientras la gente en el shopping se anudaba las bufandas de lana porque era julio y yo cumplía años.
Después nunca más nos volvimos a ver.
Miento.
Hubo un día de octubre o noviembre en que cocinaste para mí.
Y después, entonces sí, no nos volvimos a ver.
Algún que otro encuentro furtivo y veloz que no supo a nada, y la vida se fue pasando como una canilla que pierde.
En cierta casa hay unos niños encerrados que entonan villancicos para ser felices y una madrastra de largas uñas rojas agita una campana dorada cuando cambian de compás.
Nadie sabe las canciones que yo sabía.
Nadie sabe las palabras que yo decía.
Nadie sabe los colores que yo recuerdo a cada hora: amaneceres naranjas y verdes en Areco o en San Pedro, es igual, y la ruta por la que manejabas como lo hacía mi papá.
Yo me dejo estar debajo de una lluvia que refresca la casa repentinamente invadida de gente.
No puedo ser ni el buey que se lame solo esta vez.
Me quedé en la Gare de Lyon donde se toma el tren que va a Marsella en tres horas y se mira el mar que Eneas cruzó después de abandonar a Dido, casi muerta, a orillas de la que sería Cartago delenda est.
Odiseo se entretuvo en los brazos de Calipso; mientras decía hexámetros dactílicos en la ribera del océano azul y el nostos lo hundía en el cuerpo de la ninfa que le prometía la inmortalidad.
Pobre Penelope, ella tenía la casa llena de hombres que le recordaban la soledad de su juventud. Podía hasta fingir que venían por ella y no por sus tesoros; pero él regreso y la bañó en sangre para recordarle su edad. Dice que Homero no contó, por inapropiada, la noche en que la esposa bajó a hachazos el lecho del olivo que le recordaba veinte años de infidelidad; mientras lamentaba no haberse entregado a la piel morena de algún pretendiente que no roncaba ni olía a orín.
No hay nadie en la cuadra y menos que menos vos en tu auto rojo con una guayabera con flores blancas cantando un bolero tras un ramo de azucenas y nardos que saturan el aire con su perfume a corona de muerto.
Los perros aúllan por tu ausencia y empiezo a pensar que ya te transformé en motivo literario y llamo a Dani para decirle que este duelo está por acabar; a Alejandra, para que diferencie escritura ficcional y realidad y, de paso, a Cecilia porque tenemos varios temas para exorcizar. A Mónica no, porque en el Caribe todas las cosas se entonan con una copa de ron en un balcón junto al mar o en Bayahibe donde las dos putas dormían con un marinero en el cuarto de al lado y no paraban de reírse y hablar.
¿Quién puede decir que lo nuestro fue amor?
Ni para eso daba y desaparecimos en el aire como una pesadilla que tratamos de alejar al despertar.
Cuando llames, yo me habré ido lejos de la mano de otro que sepa a qué sabe el dolor.
Mi madre estará encerrada todavía en los barrotes de su demencia infantil.
Pero mi padre murió de resignación.
Y, entre ellos, yo navego evitando cualquiera de las dos orillas en las que de seguro podría encallar.
Resisto a los embates de mi propia agonía y aprendo a nadar en las aguas de borrajas de tormentas de alcantarillas o en ese pozo escaso que, ahora veo, no podés ni siquiera ser.
No hay nadie en la calle que se cruza dos veces consigo misma porque, dónde si no ahí, podría yo vivir.
Mi padre nunca fue Agamenón y yo, menos seré Ifigenia a la hora de la decapitación.
Sólo soy Julieta y no me muero de amor.
Vivo para contarlo mientras un Romeo de dos por cuatro queda encerrado en la burbuja de su silencio hasta que el aire se le acabe y la falta de oxígeno lo transforme en una babosa aplastada por una cucharada de sal.
Por suerte voy a dormirme entre sábanas blancas y despertaré con los compases finales tan sólo para aplaudir.

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