jueves, 25 de diciembre de 2008

Viaje de Navidad

A esta hora estaría sobrevolando en un avión el océano, ya habría dejado atrás San Salvador y dormiría soñando con el frío de Francia y las manos calentitas de Maïa. A cambio paseo con Pablo por Parque Chas y, de repente, sin darnos cuenta nos encontramos en el sol de la calle Marsella. Y me río pensando que llegué un día antes a destino y que, con sólo cruzar de vereda, estoy en Berlín o en Cádiz. Estoy siempre sobreviviendo a los cambios y me transformo con ellos. La placita de Gándara y Londres está desierta y un pájaro marrón de cola colorada se entretiene cruzando el asfalto caliente y vacía. Hablamos en voz baja porque todos parecen dormidos. He conseguido nuevamente el trabajo que más me gusta: madre de tiempo completo. Planifico un rompecabezas de mil millones de piezas, películas, caminatas y un febrero uruguayo. Entre las grietas podré ir filtrando mi propia vida. Nada permanece mucho tiempo en su sitio y todo muda por no hacer mudanza en su costumbre.

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