miércoles, 30 de diciembre de 2009

martes, 29 de diciembre de 2009

jueves, 24 de diciembre de 2009

La otra cara de la luna


Tu boca me encarcela y me deja volar entre tus labios.
Atrapada y extensa, navego entre las aguas de tu cuerpo y las ondas perfectas de tu risa donde me ovillo para escucharte decir que la entropía, que el desorden...
Me pregunto cómo anduvimos cerca, casi rozándonos, sin vernos.
Pero la vida ha tenido la sabiduría de cruzarnos cuando las diferencias abismales dejan de ser un fastidio irritante y se convierten en posibilidad de aprender en la alegría del complemento.
El amanecer nos alcanza susurrando y corremos a levantarnos para salir mojados a una calle que baja hacia otro día donde crece el afuera como si incluso fuera manso.
Te reís y recuerdo cómo bailamos abrazados en la otra cara de la luna.


domingo, 20 de diciembre de 2009

Los míos


Soy de las que desearían dormirse el 23 de diciembre y despertarse el 2 de enero con todo limpio y un día más por comenzar. Sin embargo, este año termina y ha sido diferente su transcurrir. Algo está ligándome, dice una canción que escuchábamos hace tiempo atrás y me siento, yo también, cambiando de color.
A mi hijo Pablo con quien construyo diariamente una relación paciente y respetuosa después de tanto tantísimo dolor.
A mi hermano menor Pablo que me mostró que el amor que nos une es inalterable pese a los océanos y los calendarios.
A mi hermano Mariano a quien no veo mucho, pero quiero con todas las dificultades de la relación.
A mi sobrina Maïa porque elle est gentile et belle y "calmate vos que se pudgre el rancho".
A mis sobrinos Luca y Miranda a los que extraño mucho más cuando me llaman para preguntar cuándo voy a ir.
A Manette y Lou porque son parte de mi familia desde julio y hasta siempre jamás.
A Mariano que me obliga a entender que hay otras maneras de nombrar las cosas y me sumerge en la más absoluta de mis profundidades mientras se ríe con la risa más maravillosa que yo haya conocido jamás. A él que me ofrece una forma de amar que yo supe desconocer.
A Olga que me dio y me da una confianza que se basa en la entrega del corazón que pone por excusa alguna lejana sangre compartida para ocultar la hermandad de la emoción.
A Majo que me oye, me abraza, me alienta en cualquier ocasión.
A Adri que está para preguntarme siempre cómo estoy.
A Jim que hace siete años me acompaña y del alumno imposible que era se ha transformado en el hijo que parí a través de largas disertaciones semióticas entre mates, pizzas y confidencias al atardecer.
A Lululi que, desde México y a través del tiempo, mantiene un vínculo nacido del más puro amor.
A Dani, por ayudarme a entender que las panteras deben enseñarle a los bambis cómo es este asunto de la selva del placer.
A mis amigas Cecilia y Alejandra, de quienes quizá no esté tan cerca hoy, pero ya vamos a volver.
A Fer, que es el espejo que me devuelve una imagen mejorada de lo que soy.
A Moni y sus cuatro Emes porque, aunque estemos lejos, el alma viaja distancias siderales para llegar hasta el Caribe y estrecharla entre los brazos mientras ella alimenta a su hija menor.
A mi vecina que me regala la enredadera que tapiza las paredes de mi casa.
A mis alumnos que me muestran que, pese a todo y siempre, mi interior es blando y dulce y con esa Julieta se vinculan, a esa eligen y me hacen sentir que soy una persona mucho mejor de lo que creo que soy.
A Martín que se va dejándome en otra orfandad más.
A mi padre que no está, pero habita el fondo de mis pupilas cada vez más.

A todos, todos les deseo que el año 20/10 les traiga lo que desean en las exactas proporciones en que los haga felices.
Sepan, todos ustedes, que lo que soy, lo que siento, lo que pienso, lo que hago se los debo en una enorme proporción.


El festín de los distintos

La ropa es una piel vacía contra el piso.
Me refugio en tus manos para dormir. Nada me pasará ya.
En los pliegues del papel quedan ocultos signos escritos en tinta negra que no quiero descifrar, tesoros que se llevan las barcas que nunca han de regresar.
Tu boca me busca, me muerde y me recorren tus manos, colmadas de la maravilla de mis susurros que cruzan la noche como si no hubiera otra forma que esta de amar.
Vos, yo o quienes hayamos sido antes cuando éramos felices, pero otros.
El camino tiene una curva donde el viento despliega mariposas azules que se me cuelan adentro del corazón.
Sos diferente a mí: tenés otras historias, hablás en otro idioma, me mirás en un lenguaje que desconozco, tus palabras tienen la precisión de un tratado científico.
Soy diferente a vos: maremoto de emociones superpuestas sin una huella abierta para la claridad.
Ahora,
desde la inmediatez más diversa del planeta,
tu lengua me ronda, me rodea, me asalta con sus signficados incomprensibles para mí.
Me dejo estar en esa diferencia abismal que acepto como si fuera la otra versión que debía encontrar.
Media jornada hecha en la búsqueda de alguien que dijera las cosas que digo en una idéntica secuencia y entender, a mediodía ya, que sólo quien habla otro idioma puede devolvernos la intensidad de todas las palabras puestas a la luz.
No hay formas ni reparos para los que aún creen que el té puede beberse en copas de cristal.
Acá o allá la piel tiene límites que no se pueden atravesarse sin que sangre la carne.
La superficie del cuerpo es lo más hondo que podremos intentar y la ropa que queda vacía en el suelo mientras la carne abre las puertas del alma donde tu lenguaje y el mío intercambian signos para construir una nueva y antigua realidad.
Mis palabras deben vaciarse de su excedente para volar sutiles como hadas.
No pretendo más que jarras de lilas a la hora de cenar.
Los demás son invitados de compromiso al festín del amor: desaparecen cuando vos y yo empezamos a hablar.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Un ángel rubio en la justicia de los hombres

Con la impunidad propia
................................................del asesino
................................................del psicópata
................................................del fascista
................................................del represor
................................................del traidor
................................................del protegido
................................................del que hace el mal
................................................del cobarde que tortura bebés
................................................del energúmeno
................................................del desaparecedor
................................................del arrojador de sedados
................................................del violador de carnes
................................................del aviador de futuros cadáveres
................................................del sumergidor de cuerpos en el río

Astiz lee Volver a matar.

Ya llegará la hora en que tus muertos vengan a reclamarte
Las monjas, Dagmar y Azucena gritarán que las mires a los ojos
y no podrás tener la cabeza erguida para sostener sus pupilas.
Nadie escapa a sus propios fantasmas.
Ni siquiera los que se creen eternos como el fuego y el agua.

Ubi ?

a Mariano
¿Dónde vivía antes cuando yo sí existía, pero no habías aún buscado mi confianza ni establecido el pacto que me da carnadura y sostiene?
¿Dónde estaba mi vida cuando yo era feliz, pero estaba incompleta porque desconcía tu palabra de hombre que penetra de verbos la luz de mi cintura y la funda como otro territorio de soles, de mares, de tormentas?
¿Dónde me continuás buscando a través de distancias para obligarme a ritos de amor que desconozco como si antes no hubieran sido más que meros ensayos para poder ampararte en mis brazos, encima de mi pecho, a través de mis sueños?
¿Dónde pude decir esto es un acto que fructifica en besos si nadie me alcanzaba porque yo estaba huyendo y ahora te aguardo para que llegues con tus gestos guardados entre líneas?
¿Dónde aprendo a leerte si no es en tu risa que me circunda para enseñarme lo que guardan tus signos que son significados diferentes a todos los que estuve leyendo y brillan en la noche como piedras magnéticas en medio de la selva?
¿Dónde oculto mis miedos a que pudieras irte y dejarme vacía en una noche densa y repleta de fieras?
¿Dónde dejo la ropa que me sobra porque tus ojos me visten de colores y me embellecen en la hora matinal en que me empatanás de risa y salgo de la miasma en que surgió la vida, del caldo primigenio de las bocas que se pegan en mi espalda que se entrega sin resistencia al peso de luz que la atraviesa tan temprano?
¿Dónde digo que todo es una calma de flores, de tilos perfumados, de gatos que duermen en mis brazos, de tazas de té, de pan y mermeladas, de frutas y limones, de dulzuras pretéritas que pensé no tenía y vos me las traés a manos llenas?
¿Dónde empieza mi cuerpo que descubre otro sexo como si fueran los días primeros de aquella adolescencia pero es ahora y sé cómo se siente la humedad de mi piel deshecha entre tus manos que vuelven a darle forma a mi delgada espalda en la que crecen alas con las que vuelo liviana en la mañana azul?
Vos y yo, ¿dónde estamos si no es en esta primavera que nos moldea en medio de temores que vamos suavemente aceptando para que hagan llanos y nuestros pies recorran las planicies dejando atrás los días escarpados del miedo a sentir, a pensar, a entregarnos?
¿Dónde dejé mi pesada mochila y voy sin cargas, transparente y traslúcida a la luz de diciembre que es tan dulce como un cuenco rebozante de almendras y frambuesas?
¿Dónde puedo decir que deseo que me tengas, que no me dejes ir, que me hagas nadar en el estuario profundo de tu alma donde hay miles de peces que me llaman con su perfume de sales y de espuma?
¿Dónde escucho tus dolores apenas esbozados pero propios como maderas en el bosque del día que te lleva y te trae?
¿Dónde digo que sos un puerto con tiendas de maravillas desparramadas en los muelles y yo busco entre telas, entre cajas de mercancias llegadas de otros territorios por los que yo no anduve nunca y mis ojos no se cansan de verte entre sedas de India, perlas de oriente, incienso y mirra hasta que llego a la copa de cristal que me tendés con el vino dulcísimo de tu sangre y la bebo para dormirme embriagada en tus superlativos seductores?
¿Dónde andaban mis besos por aguas subterráneas para llegar a la profundidad del mar que me entregás y volvés a entregarme como si nunca me hubieras entregado nada y me debieras todo, sin darte cuenta de que cuando abrís la boca para decir ideas descabelladas un mundo se construye repentino, con planetas que giran, con ciudades de bronce, con escaleras de piedras volcánicas y calles sorpresivas donde las mariposas se arremolinan al golpe de la brisa salina?
¿Dónde pienso que entonces estamos juntos y es una fiesta de sentidos e ideas y el corazón se llena de temblores cristalinos mientras vos te reís y yo amo tu risa que trae pájaros con tules bordados en el pico que nos cubren mientras hablamos de nada y nada porque en la nada todo se enhebra en la boca con el hilo de la mutua saliva de nuestras palabras?
¿Dónde si no en tus brazos es que me voy por la vida preguntándome dónde y no hallo respuestas más que volver a decirme dónde dónde dónde y continúan los días en tus ojos vespertinos y en mi alegría matinal y profunda?

martes, 8 de diciembre de 2009

Felicidades varias

Mariano me habla de ratones a los que habría que probar dormidos por no sé qué cosa de la corteza cerebral que no alcanzo a comprender y yo le explico de reorganizaciones del paradigma didáctico que debo modificar; mientras él pela mani y yo sumerjo unos filetes de atún en tanto limón que es un atentado a las papilas. Nos reímos y a mí me gustan sus juegos de palabras, el festín inacabable de neologismos con que me bordea y seduce y el abuso intempestivo de sus superlativos aplicados en normas alejadas de academias reales y fantasiosas. Me ayuda a extender el mantel de la abuela, abre la botella de vino, hablamos de los antepasados, de schules, del novio que fue dejado por tener zapatos desagradables en la infancia, de los nombres, de los duraznos cordobeses que eran la idea platónica del durazno que nunca fue copia ni remedo, de todo y nada y más. Después nos acostamos porque es tarde y las nadas se agotan en su espuma. Nuestras pieles se rozan, se apoyan, se estremecen; pero nos va ganando el cansancio del mundo y nos dormimos abrazados como le gusta a él, como yo quiero. Pasan las horas en la penumbra del cuarto y, entre sueños, nos despertamos para amarnos con el deseo onírico del cuerpo que no duerme. Luego llega un remanso en que caigo en el pozo azul de mi descanso envuelta por sus brazos y envolviéndolo a través de mi breve materia. Al alba nos despertamos y salto de la cama: doy de comer al gato, pongo té en las tazas, tuesto pan de centeno y el día empieza a despertarse de a poquito, tímido y temeroso: uno más en que andaremos pensándonos a veces. Cuando Mariano sale, lo miro sonreírme desde la calle con su mejor cara: una porción grande de felicidad, dice él. Yo pienso que entonces era así y entro a casa en plena asunción de mi alegría.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Travesía nocturna

Entre mis omóplatos delgados él hunde su rostro y aspira mi aroma. Después se deja estar invadido en mi perfume que lo colma. Siento el fuego de su respiración adherido a mis vértebras que son como piedras pulidas y pequeñas que ascienden hacia mi nuca clara donde hay nidos de pájaros que se quedan a dormir en la mañana profunda. Él apoya su boca en ese universo que sabe a agua azul, a espuma, a carradas de rosas y me aspira durante segundos infinitos. Cuando despega sus labios, yo canto con el corazón repleto de resguardos y amparos, con la espalda invadida de gotas de saliva que penetran mis poros y viajan hacia mi alma por las rutas de mi sangre encendida. Me río en la templanza de su boca, en el cosmos que se encierra en sus brazos, en sus palabras otorgadoras de dones y presentes. Mi cabeza se olvida de pensar en temores y se pierde en sensaciones conocidas, pero nuevas esta vez. Así podría descansar en la pangea segura de que nada me sucederá por más que se rocen eternas las fallas y suturas. No sabía que dormir con vos era como volver al hogar que nunca tuve y es tan efímero como una noche más en el camino de regreso hacia la confianza que deseo tener para ser mejor.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Flores de tilo


La luz se filtra blanca entre los jazmines y me despierta después de atravesar la noche en el resguardo de tus brazos. Nos levantamos, me dejás listos el cepillo y la ducha y vas a preparar café mientras me baño. Tengo la piel encendida de besos que no desearía borrar con el agua. El pobre Moulinsart sigue encerrado en su exilio, aunque pensándolo bien, tamaño cuarto es como un continente para un gato. Te veo desde la ventana dejar las galletas para que vengan a buscar los pajaritos. El aire huele a tilo disperso en la frescura matinal. Me voy a trabajar caminando para tomar el colectivo en Luis María Campos. Estoy contenta y nueva. En este instante no necesito nada más: voy repleta de flores de tilo que me desbordan desmesuradamente fuerte dentro de mi corazón.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Decisión

El agua pasa por arriba o por abajo.
El agua se lleva las memorias y deseos.
El agua es un silencio prolongado.
Yo ya no quiero oír.
No hay nada en el vaso.
Deberé caminar para beber.

Carencia

-Eres hermosa.- dijo él.
-Me falta una mano -replicó ella.
-Te faltan muchas cosas, y por eso eres hermosa.

Rabith Alameddine, El contador de historias

domingo, 22 de noviembre de 2009

Destinos



Qué hubiera sucedido si aquella tarde en Tánger, cuando tomaba un café cargado en la Kasbah, y vos te habías resistido a que te fotografiara, cuando me hiciste un gesto imperceptible para que te siguiera por ese laberinto interminable, yo, en vez de mover mi cabeza negándome, me hubiera levantado para seguirte, para internarme en las calles angostas, para perderme sin rastro y hoy, cuatro meses después, fuera otra mi historia. El destino deja sueltas miles de hebras y sólo anuda las que decidimos atar. Así de azaroso es lo que leemos como si tuviera una finalidad.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Paradojas

Me deshago y me hago.
Me rompo y me construyo.
Hablo y me callo.
Siento y digo pienso.
Pienso y digo siento.
Deseo y a la par no deseo.
Quiero que hables, pero te quiero mudo.
Busco explicaciones y a la vezla caricia.
Quiero ser frágil y que nadie me ayude.
Quiero ser fuerte: que todos me protejan.
Quiero querer y estar sola.
Y en cada paradoja se me estruja el alma, pierdo peso y un día perderé las amarras que me sujetan al mundo y a las cosas

martes, 17 de noviembre de 2009

Con el corazón en la mano

No tengo ya más piel ni carne.
Soy sólo un corazón que titila en la noche silenciosa.
Lo llevo en medio de los dedos de la mano.
El resto se desgaja y el viento sopla cargando los girones.
Mi pobre corazón late de frío y dice que ya es hora de entrar y de cerrar ventanas, puertas, lo que sea mientras la lluvia arrecia y se inundan las voces que quedaron dormidas desde siempre.
Y en la tormenta crecen los miedos con su traje de fantasma
y el río se lleva las piedras a lo lejos
y yo no digo nada.
Preciso un poco de silencio.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Decimos...

Dice Gelman, "te amo porque sos mi casa" y pienso en la ternura de mi cabeza escondida en la noche del jueves en tu abrazo y pienso en la lindura del amor apretado sin espacio ni aire entre los cuerpos y pienso en las palabras como cuentitas de colores enhebradas en un hilo de charla que nunca se termina y siempre sigue. Pienso en las estaciones de tren bajo la lluvia y en los campos de trigo movidos por una brisa suave de verano, en playas que no tienen principio ni fin. Pienso en tu risa bordeándome hasta alcanzar mi centro que se oculta; pero grita con voz bajita que desea que abras mi carne en dos y en mil pedazos de luz extraigas lo que tengo y que hagas de mi alma lo que tu alma necesite a su medida para sentirte vivo. Pienso en una cocina pequeña con perfume de ollas y sartenes cantando y tu voz que me arrulla para que me duerma ya de una vez o gire entre tus brazos mientras tornasolás mi piel hasta volverme un verbo transparente. Pienso en el agua cayendo en la mañana mientras a lo lejos recuerdo cómo cenamos bajo el tilo mientras tejías sueños memorias y caricias que eran antiguas, pero nuevas. Pienso en vos y te tengo clavado en medio de mis pupilas como si hubiera allí un espacio de hojas verdes que te estaba aguardando para darse a la vida. Y dice Gelman que "existís para que exista el amor en algún lado".

domingo, 15 de noviembre de 2009

Familia

La familia es una boca que te traga, te mastica y, después de haberse apropiado de lo servible, te arroja como a un pez que boquea sobre la arena de una playa desierta donde nadie aparece para arrojarte al agua donde podrías revivir.
Hay espadas clavadas alrededor de todo y, al querer huir, su filo te lacera la carne gota a gota.
La familia es mi padre que ha muerto de silencio.
La familia es mi madre que tiene el rostro de la locura y la soledad.
La familia son mis hermanos que están lejos y mis sobrinos a los que nunca puedo terminar de abrazar.
La familia es un hueco por donde sopla un viento frío y caen gotas de llanto tan enormes que trazan canaletas en el rostro por donde todo se disuelve una vez más.
No quiero que me hablen.
Dejen que duerma en paz.
No tengo espacio ya para tanto dolor.
En otro cuarto habla la voz de mi hijo.
Pero yo no supe decirle cuál era el camino para alcanzar la felicidad.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Anécdota escolar LXXXV: Hay que sobarse más...

(La profesora está parada en la puerta del aula esperando para entrar. El preceptor indica que se pongan de pie y dejen de hablar. Lentamente, se van organizando todos, excepto dos alumnas que, tomadas de la mano, conversan como si no hubiera ninguna otra cosa en el universo. La profesora las mira sin que ellas registren la situación por lo que decide entrar)
Profesora: Buenos días.
Alumnos (A coro): Buenos días.
Profesora: Siéntense. Ustedes dos (Señala a las alumnas que torpemente se han puesto de pie), vayan afuera...
Alumna 1: No, no, no...
Profesora: Chicas, ustedes tienen ganas de hablar; yo quiero dar clase. Vayan afuera y cada cual es feliz. (Salen no muy enojadas que digamos. La profesora se sienta a firmar el libro de temas)
Alumno 2 (Desde el fondo): ¿Por qué las sacás?
Profesora: Por sobarse.
Alumno 3: ¿Sobarse? ¿Qué quiere decir?
Profesora (Cerrando el libro): Tocar mucho alguna cosa hasta volverla muy blandita.
(Risas generales)
Alumno 4 (Mientras la profesora busca las tizas): Juli, vení y mirale el cráneo a Tomás. Tiene una cosa rara.
Profesora: Rara o no...dejá de sobarle la cabeza.
Alumna 5: Es que se nos salen las homonas por los ojos.
Profesora: Traten de mantenerlas en el torrente sanguíneo y...¡dejen de sobarse! Empecemos a analizar los pronombres y ¡basta!
Alumno 6: ¿Y puedo ir a computación y decirle a la profesora: "Señora profesora, por favor, no me sobe más y sobe el mousse"?
Profesora: Claro, absolutamente correcto. Y cualquier cosa le explicás que he sido yo la culpable de este incremento de tu vocabulario.
Alumno 7: Tratá de que no te sobe el mousse.
(Los alumnos empiezan a jugar con mil variables de uso del verbo sobar en situaciones escolares mientras se van acercando al escritorio a que la profesora les corrija una aburrísima tarea de reconocimiento, clasificación y análisis de pronombres. Al observar que el cuarto alumno de la fila no puede reconocer el referente, la profesora dedice parar la ejercitación y explicar al grupo el procedimiento. Para eso, apoya su mano derecha en el hombro del alumno para que le deje lugar y levantarse...)
Alumno 8: ¡Che, Juli, pará! ¡NO ME SOBES EL HOMBRO!

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Noche de jueves

A veces es una cajita diminuta y adentro late apresurado mi corazón como una campanita de cristal que suena sacudida por la brisa. En mi corazón se esconde un pájaro azul que tiene un tul doblado en el pico y del tul penden cien mil estrellas que se están encendiendo de a poco para iluminar la noche profunda en que las palabras harán un fuego para sentarse alrededor y hablar hasta que suba el sol por el muro y caiga sobre el tilo que llueve hojas verdes y nos durmamos cubiertos por un manto de clorofila perfumada, entre tus brazos, junto a mi cuello desnudo que mordiste. Y el corazón será una campanita y habrá brisa en el borde sencillo de otro día.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Crap crap

Crapcrapcrap
crrrrrrapcrapcrap
craaaaaapcrapcrap
crapppppcrapcrap
van haciendo las palabras en la pantalla
y las vamos siguiendo
para alcanzarlas
para sujetarlas
para llenarlas con otras palabras más secretas
para dejarlas ir
tras otras que ya se fueron
y otras que se apelotonan por entrar
crapcrapcrap
las palabras
y se llenan
de pieles mojadas sobre pieles que duermen
de tés en tazas de colores
de paltas y berenjenas
de partidos de fútbol
de excursiones de teatro
de sábanas que se abren y se cierran
de corazones nuevos.
Craaaaapcrapcrapalabrasdepalabras
y cimitarras que acarician porque dejan sus filos en las puertas de entrada
¡Ay, dice la historia, cuántas palabras que se mezclan se perfuman se atosigan de luces!
Y crapcrapcrap
por los escalones desciende un silencio de sombra que las acuna y las duerme
mientras suenan los besos con sus alas de pájaros encarnados para cubrirlo todo.

Una relación profunda

Las palabras tejen redes por las que me deslizo con un nudo en la garganta y un temblor en el cuerpo. Detrás de una ventana aguardan los verbos sutiles de la esperanza. Jamás he ambicionado tantos signos que me llenan de preguntas la inestable comprensión de la carne. No hay otra cosa: pasar de la piel a la voz y de los significados a descubrir a los cuerpos que se rozan como otro significante más. A veces creo que podría enloquecer de desesperación que es como haber perdido la esperanza y reencontrarla sin poder alcanzarla. Ahí está, pero no poseo los verbos que me podrían ayudar a crear un cosmos en el que todo gire sin rozarse siquiera pero compenetrándose cada segundo un poco más. Tengo dificultades insondables: sé acariciar, pero no colocar la pasta dentífrica en el cepillo del que entra al baño después que yo. Mis abluciones matinales son signos solitarios que estoy imposibilitada de modificar y, cuando estoy sola ante ese cepillo con su crema, sé que sólo tengo palabras para pasar a la dimensión de las almas que se miran a través de los cristales y reconocen, en la diferencia complementaria de los cuerpos, lo que tenían de semejantes. Quizá si hubiera descubierto que tras las nucas rectas de los hombres se ocultaba un conocimiento que yo tendría que haber sabido aprovechar, la vida se habría desplegado con evidente intensidad para mí. Pero fui educada en la perversidad de la enemistad, en la batalla sorda que mi madre entabló con mi padre extendiéndola al resto de la masculinidad. Tarde he llegado adonde debería haber estado hace tiempo: al conocimiento de que hay tantas historias que contar en un lenguaje que intento decodificar y ya no sé si hablo sola como los locos en la orilla del mar o es que esta marea de preguntas que me asalta procede de otra boca que me roza susurrándome en el oído que vale la pena otro género de palabra, otra pluralidad. Querría tener la sabiduría de colocar dentífrico sobre un cepillo, de comprender cómo entendés el mundo y escucharte dejando que tus palabras abran vergeles secretos para mí. Tu boca desenrolla mapas de territorios que me estaban vedados desde mi propia voluntad y me asusto como el viajero que debe dar el paso que lo interne en la selva de la que quizá nunca pueda regresar.

martes, 3 de noviembre de 2009

Abandono

Quizá el miedo, dijo, sea porque lo estás logrando.
Entrecerrró los ojos, como para pensar o conectarse con algo que le venía desde adentro.
Cuando los abrió dijo, si de algo se puede estar seguro es de que no se ve quietud adentro tuyo; hay siempre una sensación de continuo movimiento al que vos mismas vas poniéndole diques como si creyeras que no te merecés semejante cosa.
Pensé que yo no daba nada, aclaré y entonces se rió.
¿Nada?, dijo.
Nada, dije y suspiré.
Quizá sea que sientas que lo que das no es merecedor de retribución.
Quizá, murmuré y quise irme.
Ando mirándome mucho, dije.
¿Y eso?
Eso es eso. Miró qué hago, qué no hago, qué digo , qué me callo, qué posición asumo frente a las situaciones...
¿Y?
Y nada...no quiero abandonarme. Siento que si me abandono me voy a perder.
¿Abandonarte? Es imposible abandonarse, nadie puede abandonarse. Podés no bañarte, no comer, no hablar, encerrarte bajo siete candados, pero abandonarte...es imposible: siempre te toca estar con vos. No podés ir a otra parte si no es con vos
Ya sé...hablo metafóricamente. Abandonarme, es decir, bajar la guardia, entregarme, ser débil, perder el control de la situación.
¿Y entonces el pánico?
Entonces el terror.
Volvimos al comienzo: el miedo no es porque el deseo no se cumple sino porque está siendo. Tenés miedo no porque no podés sino porque te das cuenta de que estás pudiendo.
Me voy. No tolero más esta conversación.

lunes, 2 de noviembre de 2009

La mujer agua

Peces alados y sin peso sobre la espuma de un mar de vino y sombra. No hay otra posibilidad que andar encima de las aguas para llegar a la orilla. Mi cuerpo flota mientras los peces vuelan desprendidos de su peso. Soy una gota delgada de moléculas por debajo del sol. Los mismos corpúsculos de luz no me dejan caer. Nado sobre las aguas con los peces enredados en mis rodillas suaves. Soy una sirena con dos piernas que muta de pura felicidad. En mí ha evolucionado la especie femenina con una rara complejidad. En el agua me han crecido dos alas traslúcidas de mariposa y los peces festejan con besos boquiabiertos en mi vientre de sirena. Entran en el nido de mis cabellos para dormir al amparo de mis propios torrentes y se deslizan por mis clavículas hacia mis dedos largos. No sé cómo es la lluvia más allá de las olas cuando las gotas se estrellan contra el agua y mi cuerpo mojado se estremece empapado una vez más. Vos hablás un idioma de tierra: mis peces y yo tratamos lentamente de entender.

sábado, 31 de octubre de 2009

Tormenta sabatina

Llueve simplísimamente sobre mi piel.
Me moja el agua.
Pura y fresca me lava con un perfume a limpio, a nuevo, a estrenado.
Se despierta la carne de una siesta profunda y retorna a la vida.
Florecen las semillas de mis poros y serpentean los tallos de alegría.
Permanezco inmóvil debajo del líquido que se derrama en el aire.
Llueve como llovió desde el primer momento.
Y se van las desdichas por la alcantarilla del patio donde termina el mundo y comienza la risa.

jueves, 29 de octubre de 2009

Harún y el mar de las historias


Mi hijo ha sufrido mis embates de madre lectora compulsiva desde que tuvo edad suficiente para entender su lengua materna...¿seis meses? Le he leído todo lo que creí que merecía la pena ser oído por un niño comenzando por versiones de mitos griegos a la edad de dos años. "Jasón y los Argonautas" se había transformado, sumergidos como estábamos en aquellos años por las primeras secuelas de Batman, en "El guasón y los astronautas". Y la pobre criatura, cual si no le alcanzara y sobrara con la madre que le tocó en suerte, tuvo que atravesar amigos y amigas que le versionaban infantilmente los grandes tomos de la humanidad y así los indios ranqueles invitaban a Lucio V. Mansilla a tomarse un nesquick, Anna Karenina era la que tiraba la chancleta para irse a vivir la vida loca y demás... Leímos con devoción esa maravillosa historia de Bradbury en que Pipkin se enfrenta a la muerte y la vence llamada El árbol de las brujas y ese otro canto al descubrimiento del mundo, El vino del estío. El momento nocturno del cuento era un instante de pura felicidad en que mi voz se hacía íntima y arropada en el lecho infantil a la instancia de su pedido, "Léeme, mamá."; como si ,en vez de un libro, yo debiera transmitirle las palabras con que explicarlo cada noche.
Después, Pablo fue creciendo y la maternidad es aprender a desprenderse del que fue parte de nuestro cuerpo, es un poner distancia y transformar lo material en un entramado sutil de signos y de códigos. Así que él empezó a leerse para encontrar los términos que lo definirían otra vez. Un día, cuando estaba en cuarto año, tiró La Celestina sobre la mesa y dijo: "Este libro es incomprensible. Voy por la cuarta página y no entiendo nada." Recordé lo que Lida, Gilman y tantos otros se preguntaban sobre la dificultosa clasificación genérica del texto de Rojas y le propuse leerlo en voz alta entre los dos. Ese año no sólo atravesamos a Calixto y sus amores desgraciados con Melibea, sino que nos zampamos en voz alta el Quijote completo a raíz de tres capítulos cada uno. Su profesor de literatura española, por esas casualidades del destino, había sido el mismo que me había enseñado en los 70 a mí y, en el acto protocolar de fin de curso, le agradecí el regalo que, sin saberlo él, me había hecho: la palabra tendida como puente entre los seres humanos a los que la sangre liga de esa manera tan particular.
Allá por los noventa, Harún y el mar de las historias tuvo mi voz y así, leyéndole a Pablo sus aventuras en las noches de invierno, descubrí a Salman Rushdie y me enamoré perdidamente de él. Hace unos días le pregunté a Mariano, padre de tres hijos, algunos de los cuales aún ameritan una lectura oral, si les leía por las noches. Él, con tristeza sedimentada en sucesivas ausencias y viajes, explicó que esa había sido una dolorosa asignatura pendiente. Y entonces yo puse en sus manos a Rushdie y su mar. Quizá, como dice Pennac, amar sea, finalmente, hacer el don de nuestras preferencias a aquellos a quienes preferimos. Anoche, Camilo empezó a oír el relato de Harún de boca de su padre. Sé, por mi propia experiencia, que no alcanza con poner los libros al alcance de los ojos de nuestros hijos: es necesario acercárselos en el viento de nuestra voz; hacerles el maravilloso obsequio de la lectura nocturna y desinteresada que tiene el puente más fuerte, el que es porque sí. Lo que les damos a nuestros hijos cuando les leemos es un regalo que los va a acompañar por siempre jamás cuando nosotros no estemos y ellos nos invoquen en las memorias de su corazón.
Yo le di lo mejor que mi alma posee: las palabras; y Mariano acaba de regalarme un instante de clara perfección: su alegría nueva de padre lector. Ahora hay que hacer silencio porque otra lectura está a punto de comenzar.

Anécdota escolar LXXXIV: La vaca es un animal cuadrúpedo.

(La profesora explica la correlación temporal de los pretéritos del indicativo en la narración.)
Profesora: ¿Entendieron? ¿Alguien tiene alguna pregunta?
Alumna 1: (Desde el primer banco) Sí, yo...
Profesora: Dale.
Alumna 1: Las vacas, ¿toman leche? (Carcajadas generales.)
Alumno 2: Ay, nena, mirá que sos tarada. Las vacas toman agua.
Alumna 3: ¿Y qué...? Cuando nacen, ¿qué toman? Toman leche, nene.
Alumno 4: Esos son los terneros, ¡no son vacas todavía!
(La profesora no sabe si reírse o ponerse a llorar. En cinco segundos, la pragmática verbal se desbarata y es imposible rearmar la clase.)
Alumna 5: Claro, la leche descremada es porque los pastos son light.
Alumno 6: (Muerto de risa.) Y la que tiene hierro es porque las vacas comen clavos.
(Se hace un instante de silencio en el que sobresale una voz.)
Alumno 7: Y las vacas de pelaje marrón dan chocolatada.
Alumna 8: (Muy seria) ¿De verdad?
(La profesora empieza a reírse y la clase se pierde irremediablemente en un caos bovino y surrealista. )

miércoles, 28 de octubre de 2009

Sueños

La fiebre es una ola de agua que me lleva. Estoy en Amsterdam y cuelgo unas cosas indescifrables en una pared donde minutos antes he colocado un clavo. Sé que es la ciudad holandesa aunque nada en el sueño me indica la localización. Estoy en un cuarto de ventanas amarillas y alguien toca un violín y yo pienso que es magnífico que una persona que se dedica a resolver complicadas ecuaciones matemáticas toque tan bien el violín. No puedo ver la cara de esa persona, pero sé que sé quién es. Entonces me despierto. Bebo agua porque la temperatura me da sed. Mucha sed. Vuelvo a dormirme. Estoy con vos, en un restaurante a orillas del mar. Sopla la brisa y unos farolitos de colores se mecen con el viento. Es una especie de terraza abierta a un cielo profundo y estrellado, con muchas plantas de perfumes poderosos. Vos y yo cenamos atún a la parrilla. Puedo sentir en la boca la carne densa y el sabor de las hierbas. Vos apoyás tu boca en mi hombro y me hablás. Decís algo con tus labios apoyados en las mariposas de mi derecha. Yo no alcanzo a oír y te pregunto qué dijiste. Te sonreís y aclarás que si apoyo mi oído en las mariposas, voy a saber qué acabás de decir. Es imposible que apoye mi oreja en mi omóplato así que me quedo con el deseo de saber qué dijiste. Justo en ese momento me despierta tu mensaje de texto preguntándome cómo estoy. Es la una de la madrugada. Me levanto y me hago un té.

martes, 27 de octubre de 2009

Desayuno en el puerto


Estamos signados por árboles que nos crecen como venas de savia en medio de la carne. Reverdecemos con los ojos limpios, pero llenos de historias. Aunque no necesitamos narrar somos buenos contadores de recuerdos y anécdotas. Nos gusta andar al sol y enredar nuestros cuerpos en la sombra cuando al doblar el día la piel arde. Olemos a atardecer en la orilla del río y a mediodía rebozante de palabras. Tomamos té en tazas diferentes que se amontonan y desbordan mientras oimos música, leemos o escribimos lo que nos ha quedado sin decir. Estamos nuevos, pero pulidos por el tiempo. Nos reímos a menudo porque sabemos que es la mejor manera de atravesar el mundo; pero tenemos los ojos abiertos y a la espera. Las pupilas se nos llenan de hojas verdes y los labios de besos que nos anudan, que nos apretan, que nos encieden. Somos más todavía que todos nuestros pasados a los que recurrimos cuando es preciso explicar el presente y aventurar el día subsiguiente. No nos importa el sitio de llegada sino el ir desplazándonos por los extensos territorios que dibujamos en mapas incorpóreos. Desayunamos juntos sin prisa y con urgencia. No es demasiado, pero alcanza.

domingo, 25 de octubre de 2009

Tarde de Costanera

Caminamos al sol. Muchas horas. El río se oía a nuestra derecha y los pájaros corrían delante. A un lado y al otro del camino, las retamas y unas diminutas flores blancas perfumaban el aire de un octubre primaveral. Nos detuvimos en una playa y revolvimos piedras hasta dar con un huevo de dinosaurio perfecto, redondo, moteado. Hablamos de tragedias griegas y familiares, de hijos (y de la carencia lamentable de hijas), hablamos de la batalla de Normandía y nos agradecimos el paseo al que llamaste nuestro. (Tengo una absoluta imposibilidad para el plural de la primera persona...es inútil). Tomamos agua mineral y comimos maíz inflado. Finalmente aceptaste muchas de mis pastillas de menta y las comimos triturándolas con los dientes mientras la ciudad iba anocheciéndose con el sol caído del domingo. Después el remanso se hizo un ovillo y se envolvió a sí mismo para perlarse de perfección: la mejor, la del momento que resplandece en su instantaneidad y acaba como las buenas cosas. Supe que te elegía y te quería: todo a la misma vez y en el mismo segundo. Tuve ganas de besarte y ponerme a llorar entre tus brazos de pura felicidad nomás.

sábado, 24 de octubre de 2009

¿Cómo es?


¿Cómo era el mundo a través de esos ojos?
¿Cómo era la tristeza o el dolor o el temor que se escapa en una mirada de apenas seis años?
¿De qué forma se procesan los vínculos a una edad en que debería recibirse sólo amor?
¿Y la soledad? ¿Y el desamparo? ¿Y el borde de la demencia rozado en forma cotidiana?
¿Cómo es ser niña enviada a todas partes, sacada siempre del medio, expulsada, olvidada, rechazada?
¿Cómo es tener mamá y no poder alcanzar jamás su corazón?
¿Cómo es que ella huela a madre y desconocer su aroma y su tibieza?
¿Cómo es armar una muralla de papel y palabras para esconderse adentro donde cada sílaba erige mundos de fantasía y perfección?
¿Cómo es pintar y dibujar hasta el agotamiento para no sentir la carne abierta en dos por una ausencia que todo lo magnifica?
¿Cómo es sentarse a la mesa al volver del colegio y que tu madre no te hable por semanas sin que vos sepas por qué?
¿Cómo es no ser jamás elegida para el abrazo, el beso, la caricia?
¿Cómo es transitar el camino de la perfección para ser nombrada con orgullo alguna vez que nunca acaba de llegar?
¿Cómo es quedar siempre en el lugar marcado y no poder salir de él?
¿Cómo es de irremediable una infancia así?

martes, 20 de octubre de 2009

Pandora


Tengo una caja llena de secretos. Algunos son antiguos como el tiempo; otros nacieron ayer apenas. Hay unos de colores violentísimos; otros no llegan ni a pasteles tímidos. Unos huelen a selvas y animales húmedos debajo de una tormenta; otros tienen perfume a alas y pétalos volando. Es una caja mía, la abro sola tan sola que aún de mí me guardo en eso. Nadie la ha visto, nadie la ve. Y hoy, cuando entreabrí la tapa, tus ojos vespertinos dormían en su interior tapados por las lágrimas que lloré aquella tarde y las sonrisas que estrené hace tiempo, entre mis relatos de infancia y mis tibiezas de domingo de siesta. Cerré suave la tapa para no despertarte. Yo era como Pandora: protegía la esperanza.

La sirena y el pez espada


Ayer me crecieron enredaderas de sirena en el pelo y la piel se me llenó de escamas de fósforo brillante. Vos eras un pez espada nadando en las aguas saladas de mis caderas; me bordeabas con tu lengua y tus palabras se derramaban mojadas entre mis piernas. En ese instante, me encerraste en tus ojos y yo supe cómo ve el mundo un pez espada: burbujas de oxígeno verde crecen entre algas ondulantes, otros peces pasan por las corrientes cálidas atravesados por rayos de luz yodada y el sol entra rasgando la espuma de las olas. Tus aletas tocaron mi piel estremecida por tus pupilas vespertinas mientras la sirena que yo era cantaba y los sonidos eran cristales blandos, perfectas emanaciones de vapores antiguos detenidos en el borde de mi boca nacida de sirena para besar a un pez espada. Después el vacío se llenó de risas, de gemidos, de pequeñas palabras apiladas como torres tambaleantes que ganaron el cielo. La cama fue una honda pecera de abrazos donde dormimos en conjunción.

lunes, 19 de octubre de 2009

Pajaritos

Esta noche, los pájaritos de tu boca devoraban las semillas doradas de mi vientre. Yo los vi tan solos, tan hambrientos que les hice un nido tibio en mi pecho y se durmieron acunados por el latido de mi sangre mientras tus manos me desvestían por no dejarlos solos. Y los pajaritos -húmedos y tiritantes- se despertaron de su dormir, creyeron que había salido el sol y se pusieron a cantar como tímidos pajaritos, felices como agua para sus abluciones matinales mientras vos y yo, olvidados de todo y por todos, nos recorríamos por antiguos senderos de montaña con la avidez de los árboles altos por el cielo. Y los pajaritos se sumergían en nuestras sábanas para hacernos reír.

Noche de domingo

Hablamos en voz tan baja que el mundo silencioso de la noche puede oírse afuera; pero, entre nosotros, hay un hueco de luz, de vapor azul en el que nos reímos y brotan mariposas de colores de mis rodillas desnudas hasta tu nuca y dan tres vueltas antes de partir a perderse en la luna colgada del cielo lejano. Las pieles son fronteras inexactas erizadas de sudor y perlas amarillas donde el aire se desmaya de alegría y no hay más que abrazarse entre copas volcadas y cenas inacabadas que esperan en la mesa enfriándose y las palabras en el idioma cromosómico de los xy y los xx se resbalan hundidas en perfume de manos enhebradoras de texturas como si fueran cuentas de collares marinos. Yo soy una sirena en tus aletas de pez espada y tengo los cabellos enredados entre tus dedos que me llevan al borde de tu lúcida convocatoria y en tu cabeza me dejo estar para caer a tu corazón por el subibaja de tu cuerpo entregado a mi voracidad. Después me hablás y tu lengua -es decir tu lenguaje de hombre en medio de la noche- me abre un horizonte de sutiles perfecciones donde descanso para atravesar lo poco que queda del silencio nocturno. Otro será el borde de la hora cuando se llene de frases inconexas; mientras tanto ando por orillas de luces masculinas donde anido.

domingo, 18 de octubre de 2009

Juegos de amistad


Intento explicar lo inexplicable y me pregunto por qué debería hacerlo, por qué a ellas no les alcanza con mi silencio. Más acá o más allá ha surgido la diferencia: en algún punto del devenir que nos unía (y que seguramente seguirá haciéndolo) han cambiado las reglas del juego aunque las piezas sigan siendo las mismas pese a que tengan los bordes un poco recortados. Pienso en las palabras que no se dicen con obsesividad meridiana: necesito entender qué cosas han hecho de esto lo que sucede y las veo naufragar donde yo me dejo flotar sostenida por algas azules y precisos peces. ¿Y antes? ¿Por qué no acontecían así las cosas? ¿Qué ha cambiado en los relatos? ¿Es verdad que ya no cuento? ¿O dejé de hacerlo por sentir que carecía de auditorio dispuesto? ¿Es necesario un relato pormenorizado para compartir? ¿Relato de qué? ¿Cómo narrar lo que es aire, agua, tierra húmeda, fuego? ¿No alcanza con ver el brillo en la mirada y la urgencia en el latido para entender? Una y otra señalan la diferencia. La cuestión no es que exista -eso ya lo sabíamos- sino que haya sido verbalizada quitándome la sensación de la totalidad. El afecto es inalterable, dicen; pero, en realidad, nada lo es porque estamos sometidos a diario al torbellino de las mudanzas: imperceptibles a veces; violentas, otras. El afecto es una construcción hecha de lazos invisibles y como en toda tela son necesarios los huecos por donde pasa el aire que lo revuelve todo una y otra vez. ¿Qué hay esta vez que el viento parece huracán y amenaza con destrozar los cimientos de los muelles más frágiles? Hay miles de cosas de las cuales yo desearía no hablar porque no podemos decirlo todo, no podemos sentir lo que siente el otro, no entendemos la zozobra y la dicha en corazones que no sean el nuestro. Carezco de simplicidad, es cierto. Pero eso es un plus para mí y no una ventaja tranquilizadora. Me siento desgajada esta mañana y puesta en un vaso a echar raíces antes de ser transplantada. Lo que me sucede es tan abarcador como una tierra nueva donde crecer y poco importa quién venga a regarme. Lo que me sucede no es obra de nadie en particular: después de julio (que debería leerse en todos sus sentidos posibles) he mudado de piel. Tengo un pie en Buenos Aires y otro más allá de las costas del mar, más allá de mi cabeza que es otra desde entonces, más allá de mi corazón que late con otra densidad. La amistad es un juego en el que no hay reglas más que las que quedan implícitas al hablar. No estoy enojada, ni triste, ni desilusionada...sólo entiendo que el suelo es la base desde donde se empieza a volar.


sábado, 17 de octubre de 2009

Lluvia


Dice Mariano que llueve y yo me dejo resbalar mojada para beber el agua que cae y me humedece la piel hasta desdibujar mis felices contornos. Y el sol arriba se pregunta cómo es posible que me empape y llueva así de nada y todo, de poco y mucho, de blanco y negro, de frío y caliente...pero llueve y la boca se me anega de agua colorida, de perfume marino, de vientos de montañas y mariposas violetas que nacen atrás de mis rodillas, en mis hombros y se enredan en vuelo a través de los ojos que él tiene de color vespertino para aletear unos segundos cuando se ríe con la risa primera que abrió las puertas de mi corazón clausurado. Dice Mariano que llueve y yo me dejo estar debajo de su tormenta de palabras, de caricias, de su lluvia de besos; y me dejo llevar al resguardo de sus brazos.

viernes, 16 de octubre de 2009

El surco genitivo

El hombre está a punto de morir y piensa en su vida. Una vida es un relato que no se escribe. Sucede. No tiene lógica, sólo es tiempo desenvuelto sin coherencia ni cohesión. No tiene narrador, sólo una polifonía anárquica en la que, a veces, emerge una voz de preferencia sobre otras para luego ser subsumida en un conjunto amorfo de murmullos que no pueden comprenderse. Pero el hombre, con la guadaña colgada del hombro, siente necesidad de ordenar lo que ha pasado. Sabe que no ha tenido hijos que son quienes, en la generalidad de los casos, se ocupan de montar el relato que resignifique la vida de los padres para explicar esa ausencia y su propia perduración. El hombre sabe que él es su propio hijo y debe apurarse para que el relato no muera junto con él.

(Cuando hallamos quién cuente la historia que queremos escribir, ella va haciéndose evidente en nuestro cerebro y en la punta de nuestras yemas. Me dispongo, entonces, a contar otra vez. )

jueves, 15 de octubre de 2009

Partida

Al pie del andén. En el borde. Parada apenas sobre las puntas de los pies. El próximo tren sale en veinte minutos. No quiero saber adónde va. Debo tomarlo. Debo perderme. Debo salir hacia alguna parte. Que un tren me lleve. Porque las vías se cruzan y descruzan y debo ir. Unas palomas se levantan en medio de los vapores y del humo. Vuelan como gotas pesadas para volver a posarse cerca de mi cabeza. No tengo ni equipaje. Sólo una inquietud corroyéndome la nuca. Arrojé el teléfono a un cesto justo en la ventanilla de venta de pasajes. Dije: deme uno de larga distancia ida . El primero que salga. Y me dieron un papel amarillo. Entonces tiré el celular. No lo iba a necesitar. La gente se arremolina en un torbellino que viene y va. No hay sentido. Ninguno. Sólo mi cerebro fatigado trata de ordenar la secuencia para que sea significativa y real. El tren se acerca y ha comenzado a llover.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Ars amandi

Esperanza de furia: viento rodado sobre el cuello desnudo y titilante. Después la boca como un cántaro volcado en la sábana, debajo de la pierna que oprime. Respiración y trago de saliva que rodea como un vapor caldeado. Líquidos arrojados en el centro del cuerpo: caverna en luces umbrías: pasarelas: zaguanes de carne donde el deseo se agazapa y salta para clavar sus dientes en las orejas: lluvia de peces, salobres renacuajos vitales nadando entre glóbulos rojos despedazados y después aire caliente y seminal fragancia sobre la lengua y en las fosas nasales sólo el gusto salado de la piel que se retira, se llena de turgencias, se estremece. Túneles y trenes luminosos, veloces, despedidos en pos de una estación que se demora gozosa. Marca de dientes sobre los territorios corporales, lencería en cajones cerrados y manso enfebrecidas. Más luego el sueño para vencer al tiempo perentorio que no quiere entregar más de lo que ya dio para la fiesta.

lunes, 12 de octubre de 2009

Aparato digestivo

Me voy a comer mi corazón.
A masticarlo lenta para que dure un rato entre mis dientes.
A mojarlo en saliva y pasarlo feroz sobre mi lengua para después verlo caer pesado y amansado en el fondo de mi estómago hecho un lecho de células molidas.
Y así, sin corazón, andaré por la vida: mucho mejor, más segura, más fuerte, más entera.
Y con el corazón se irán todos mis miedos por las cloacas donde me olvidaré de todo y todos.
Y volveré a mirar otra vez hacia arriba.

No sé qué viene ahora

Para vos, M.L., porque no sé nada.

Quiero escribir que tu boca es una ruta de saliva que dibuja mi cuerpo con aleteos furiosos.
Quiero escribir que tu piel es un roce que llama a los animales salvajes del deseo.
Y me quedo pensando en el paquete de galletitas del hombre proveedor, en el mate, en el queso empetrolado, en el topo y la excursión a los indios ranqueles, en el perro y el gato, en el cepillo de dientes amarillo, en el piso del cine, en la conversación que me debías y me diste, en el partido de Estudiantes por Vélez, en tu risa -siempre tu risa-, en mi libro leído por tus ojos, en mis suspiros que no son maternales, en mi sexo que no es antisemita, en la ducha, en tu nombre, en tus miedos, en los míos.
Y no sé cómo seguir.
Y me detengo.
Y me quedo pensando al borde de un día más que se acaba.
Y no sé cómo seguir mientras el sol me arde en la espalda que tocaste.
Y desearía que no hubieras hablado, que te hubieras quedado allí donde estabas, que no hubiera habido un fin de semana como este, que yo no hubiera dormido en tu casa -extranjera y extraña-, que no hubieras escrito que la pasamos lindo juntos, que no hubieras dicho nuestra mañana.
Y no sé...no sé qué viene ahora.

domingo, 11 de octubre de 2009

Un comentario sintáctico

Te leo ("Qué lindo la pasamos juntos") y pienso cuáles hubieran sido las maneras posibles de decir lo que dijiste:
  1. Qué lindo la pasé con vos: Un único sujeto se hace agente de su bienestar (que ha sido lindo). El "yo" la pasó bien y hubo otro que acompañó, claramente indicado en el circunstancial de compañía. No se puede saber cómo la pasó la segunda persona reducida aquí a un mero modificador del verbo en primera y excluyente persona.
  2. Qué lindo la pasé/pasamos anoche: La persona del verbo sólo indicaría la exclusión /inclusión del otro. Uno o los dos la pasaron lindo. El adverbio de tiempo circunscribe ese bienestar a una única ocasión en el devenir del tiempo. Ha sido anoche, una circunstancia acotada que no podría repetirse porque, deícticamente, de hoy sólo hay un anoche y, puesto el mensaje en circulación, sólo puede llenarse su referencia con la fecha precisa y determinante que ha de haber tenido sus motivos, sus instancias, sus detalles...
  3. Qué lindo la pasamos juntos: La construcción sólo admite la primera persona del plural. Sería agramatical intentar enunciar "*qué lindo la pasé juntos". El bienestar ha sido entonces compartido, ambos son sus agentes. Pero además esta idea se refuerza en la superación del circunstancial -que modificaría sólo al verbo- con un predicativo subjetivo que tiene la maravillosa propiedad de tener dos valencias y aludir no sólo al verbo sino -y sobre todo- al sujeto, en este caso esos dos que la pasaron bien sólo porque estuvieron juntos. Agréguese a esto la ambigüedad propia de la primera persona del plural del pretérito perfecto simple "pasamos" que comparte su forma con el presente de indicativo, de lo cual podría concluirse que o la pasamos lindo juntos ayer o la pasamos lindo cada vez que el presente se hace carne aquí y ahora.
Conclusión:
Las estructuras sintácticas empleadas son elecciones del corazón.

sábado, 10 de octubre de 2009

Pánico en la madrugada

A la noche,
en medio de la oscuridad que es una boca abierta,
lo escucho respirar.
Él me tiene enredada en sus brazos, cruza su pierna sobre mi cintura desnuda y duerme manso y feliz.
Seguramente su pánico se ha atemperado porque lo pudo decir.
Yo, en cambio, siento crecer el monstruo larvado en mi interior.
Tengo la vertiginosa sensación de la extranjeridad
y la nuca se me puebla de voces salvajes que me dicen que me levante, que me vaya, que huya en la madrugada.
Cuento hasta diez y trato de acompasar a la suya mi propia respiración.
Aprieto los párpados para no ver las paredes que desconozco,
la cama que no es mía,
ese cuerpo que se pega a mí.
Siento en mi piel su temperatura y su olor,
el ritmo de su sangre refluyendo,
sus líquidos flotando todavía en mi interior.
Oigo los ruidos que cada casa tiene y que me llaman en un lenguaje que no puedo ni siquiera entender.
Trato de invocar los talismanes del sueño para que llegue, para que nuble toda conciencia, para que cese el miedo y desaparezca la prisa por pensar.
Siento la presión de los barros primitivos, el atavismo de la miseria, el huracán que se desata antes de abrir el cuerpo original, los fantasmas de la pertenecia y el terror.
Me suben hormigas negras por la garganta y se resbalan como piedras en medio de mi vientre que su pierna me oprime.
Necesito gritar para que salga el miedo a lo que podría pasar si reconozco la destinación en sus manos, su carne como un faro en el mundo, su palabra llena de claridad.
No hay nada que temer me digo como si fuera un mantra: ni su casa, ni el cepillo de dientes amarillo que me dio ni su escritura en el borde de mi texto ni su cuerpo invadiéndome ni sus manos sujetándome ni su deseo ni el mío.
No puedo descansar.
Es todo tan real que me produce un vértigo incomprensible que lo torna único y particular.
Quizá sea esta vez pienso ahora mientras la lluvia moja los vidrios de la noche y puedo recordar que, en medio de los cuchillos, desoí los alaridos de la que siempre arma valijas y me quedé para bañarlo en el agua de mis suspiros y despertar por la mañana junto a él.

El asesino

Él se desplaza por mis palabras. Fuerza mi concisón, me lanza al vacío apenas con un simple sustantivo como paracaídas, desnuda la falencia del discurso que me desborda, lo última con dos trazos, coloca en el paredón de la simpleza una pila de renglones innecesarios, acuchilla las blanduras de lo que se hace abusivo y estéril, planea sugerencias y asesina la redundancia propia de mi barroca boca. Propone un borbotón de barro, un alma incomprensible que se diga a sí misma desde el fondo del agua y una daga acerada para hacer contrapunto. Y medio de su furia homicida levanta los ojos y me mira. Estoy arrodillada a su costado, acuclillada junto al sillón en que él está sentado con mi libro en sus manos. Debo haberlo mirado con ojos desolados porque sonríe y disculpa sus disparos certeros en nombre del amor. Sólo suspiro: nunca antes me quisieron con tanta intensidad y me dejo caer. Y mientras él se ducha, comprendo cuánto guarda de mí lo que he escrito y deseo que las palabras no me hundan en el fondo, lejos de su claridad.

viernes, 9 de octubre de 2009

Retórica del desvío

¿La denotación es el estado natural del lenguaje y la connotación, su estado cultural?
¿Y desde cuándo el lenguaje es algo natural?
¿No será que la connotación es el fetiche de la subjetividad?
¿Por qué no hablamos siempre en forma literal?
El desvío de lo figurativo me deja en una posición incómoda como enunciadora y, más -mucho más- si me corresponde la destinación.
La literatura es la perversa de la casa: alejándose continuamente de la legalidad. Es la que es y no es, la que dice y no dice, la que está y se fue.
Yo padezco de significosis -burda demencia de la significación proliferativa.
Sufro de lectura plural incontrolada
y no puedo oponer barreras a mis desbordes anárquicos por hallar sentidos.
De tanto leer lo que no se dice en forma literal transformo a cada texto en sinónimo del único: el que yo deseo escribir.

jueves, 8 de octubre de 2009

Zoológica


Me habita un puercoespín,
pero, entre sus púas,
se agita una mariposa de alas transparentes
con corazón de gorrión empapado bajo el agua.
Si me abrazás
lloverá el sol sobre la ciudad nocturna

Material girl

La materia huele, pesa y se transforma. No puede detenerse el tiempo en la celda éterea de una palabra y el vacío es un vértigo, una vorágine que me devora y a la que me entrego, angustiada, para que algo alguna vez cobre cuerpo y se detenga en mí y cese de mutar. Estéril pretensión en la que desfallezco pues todo está teñido de mundanza. Vago entre hombres huecos de paja que no tienen ya nada que comunicar, vacíos como están de pensamientos y perfumes. La materia pesa, es un agobio espeso que sobrellevar. De hueco en hueco pululan mis neuronas esporuladas y no desean ya ni ser rozadas. No podrían tolerar tanto dolor y luego el vacío orillado en silencio, en palabras que mueren en el borde de la boca porque no se atreven a nacer. Y entre lo no pensado, lo no rozado, lo no dicho nos morimos de soledad y desolación. El desasosiego inunda la honda cavidad de mi alma que se hace agua que nadie desearía beber. Estoy fatalmente condenada al desencuentro y a la imposibilidad del amor. Debería aceptar que así han sido las cosas para mí y empezar a vivir. El resto es humo en el aire, cuerpos que se acoplan a la espera de una frontera donde recalar; pero no hay nunca límite para el vacío que me devora con su vorágine de espinas a las que intento resistir de frente al sol. Todos los espasmos son copas que se vuelcan sobre el mantel: nada más.

miércoles, 7 de octubre de 2009

T.S.E.

Tibias quedaron las manos después.
Y en la boca las palabras suspendidas.
Y yo,
junto a la ventana del último vagón,
veo pasar raudos los paisajes
y seco las lágrimas que me mojan la falda.
Estoy cansada hasta el hartazgo.
Debo volver a comenzar el relato una y otra vez;
entrar en detalles que agobian por estériles;
abrir baúles que explicitan los fantasmas;
perdurar en la espera de la hora novena
y jurar que ya no, que ya nunca más.
Encerrada en mi tierno corazón
no voy a permitir otro tormento
sobre mí.
Hay sol afuera
y octubre era el mes más cruel
alimentando lilas y fúnebres pensamientos...
Así se acaba un mundo... T.S.E.

martes, 6 de octubre de 2009

Numquam

Arrojo las cartas por el aire.
Hay que volver a barajar.
Después me hundiré en una bañera de burbujas hasta flotar.
Y cuando estallen las pompas en mi piel,
y cuando huela a limones y rosas,
y cuando toallas blancas me quiten la humedad
diré que ha sido una historia incoherente;
que, a ciencia cierta, no supe lo que hacía
y que, bueno, ya está bien.
Hablo de cosas que yo sola comprendo,
hablo de pétalos que quedaron muertos en la superficie jabonosa del agua,
hablo de tiempos que se duermen,
hablo de palabras que son sólo ahora para mí.
Compréndeme:
no hay mucho más que yo pueda pensar.
No es temporada de cerezas todavía
y las perdices huimos en la puesta del sol.
Que se confirmen todos los fantasmas imposibles.
Ha ocurrido una fatalidad:
fatum vacuum, ego dico numquam.

Cárcel

No voy a decir nada más: las palabras son puñales perversos que vuelan por el aire y se hunden para siempre en la carne. Nada las puede quitar. Y yo, querido amigo, sufro de la peor de las adicciones: la de decir. En estos días debo pulir mi voluntad como si fuera un cristal frágil porque estoy enferma de tanta locuacidad. He construido un escudo y ofrezco resistencia al viento y, ya sabemos, él siempre se sabe colar por las rendijas. Un texto son espacios en negro y blanco, jamás una muralla de color. ¿Dónde quedé? ¿Dónde quedaron mis días de julio?¿Dónde quedó mi transparencia y atravesabilidad? Encarcelada en mis propios vocablos: ahí estoy.

lunes, 5 de octubre de 2009

Sentidos


Me decís que huelo a caramelo, pero no al de los kioscos sino al que se hace con azúcar sobre el fuego; que mis pliegues tienen perfume a limón verde; que mis ojos son praderas de musgos. Me decís que sé a montañas y agua que se viene cayendo desde el cielo; que en mis cabellos llueve el sol cada mañana y que mi piel tiene suavidades de médano. Me decís que soy extensa como lavandas vueltas en el viento y que en mi boca cantan profundas avenidas; que no tengo brazos sino alas, que mis piernas son lianas que se enredan. Me decís que en mi vientre se puede beber vino y en mis caderas se abraza una tarde de siesta. Me decís que mi espalda está llena de colores pasteles y en mis tobillos danzan cintas de seda. Me decís que mis manos son pequeñas , que mi cuello es larguísimo y mis lóbulos, botones diminutos y rosados. Me decís que te hable porque mi voz se vuelve felinamente ronca, que me deje caer en tu abrazo de hombre. Me decís que soy bella y me inventás mil nombres.
¡A cuántas les dirás las mismas cosas en este exacto instante!

Textos vacíos


Imágenes que replican palabras.
Textos vacíos.
Huecos que parecen bocas que se van devorando
y allá queda lo que no se puede decir.
Leo mal entre líneas.
Creí que las metáforas tenían referentes rojos o púrpura
y sólo eran metonimias vacías del silencio que esa boca intentaba decirme sin que yo la entendiera.
Oigo las gaviotas en las orillas y creo que cantan,
pero son pájaros muertos con un leve aroma a sal marina.
Así es con todo:
no se puede vivir en un mundo cuajado de metáforas.
A la corta o a la larga, el referente se oculta y desaparece y una se queda chapaleando en el barro de la sustancia previa: puros significantes que se vaciaron como pompas de jabón en el aire.
Huecos,
siempre huecos
como hombres de paja que espantan las palomas de mi alma.
Yo sólo deseo volar a través de los cielos azules adonde no queden palabras sino pura necesidad.
Ya sabés:
no me hables
porque no podría resistirlo cuando llegue la noche y decida volver a llorar.

domingo, 4 de octubre de 2009

La libreta roja

La primera frase. La primera palabra. La primera letra: la que comienza, la que abre la desnudez extensa de la página, el primer roce de la pluma sobre la lisa piel del papel inocente de tintas. La mano en el borde de la hoja que apenas acaricia su calidez. La primicia del perfume de la cubierta roja por esta vez invadiendo el olfato con su aroma de renglones finitos. ¿Y ahora? ¿Quién se atreve a decir qué es lo que debe ser escrito después de haber pasado con su suave textura de lenguaje por el tamiz del alma inexistentemente necesaria? ¿Y la sangre no es tinta para escribir por vez primera lo que se quiere en la hoja que aguarda y se estremece en la espera que no es sino la hora subsiguiente, el renglón sucesivo, la frase que se enrosca en el borde del cuerpo que acaricia la mano contra la hoja blanca y entre las tapas rojas? ¿Y el papel no es abrazable superficie entonces para la pluma que se moja en la tinta y dibuja en el cuello palabras atropellándose para ser las primeras que desgranen los labios? ¿Y la libreta roja no encierra entre sus tapas otro día, otra noche, otro tiempo y un mundo donde todo pareciera que fuese más de lo que se espera aunque no haya más palabras que las que ya se han dicho como si fueran nuevas?

Secreto

Él le había inventado un nombre: uno que no sabía nadie, excepto ella y él.
Con ese nombre,
ella se dejaba amar
y luego se ovillaba junto a él
y dormía a resguardo de todos los fantasmas y tormentos.
Y cuando el sol subía por los vidrios poblados de enredaderas,
ella se ponía su nombre de siempre
y salía
a repartirse entre los demás.

Mi hermano marsellés


Pablo está en Marsella donde el otoño comienza a sacudir su capa de frío.
Yo estoy en Buenos Aires donde la primavera se empezó a sentir.
Allá, el año de trabajo se encamina.
Acá, está dando sus últimos pasos antes de desfallecer.
Él transita por calles de subida, come navettes que huelen a naranjas y hacia donde mire divisa la imagen dorada de Notre-Dame-de-la-Garde.
Yo transito por calles circulares, como yogur con frutos patágonicos y hacia donde miro veo el horizonte chato de esta ciudad.
Pero mi corazón tiene su nombre como si fuera un revés indeleble,
mi recuerdo se resguarda en su abrazo, en la ternura de sus palabras, en el hada y la pluma que él me dio
y lo extraño como una hermana mayor extraña a otro más pequeño: con pena, con nostalgia y pensando todo lo que siempre queda por decir.
Tengo mis raíces en esta tierra, pero mis ramas dan frutos a través de las aguas y yo no los puedo comer.

Anécdota escolar LXXXIII: Icticultura húngara

(En una evaluación)
Pregunta: En el relato "Lejana" de Julio Cortázar, ¿con qué ciudad sueña obsesivamente Alina Reyes?
Respuesta: Con Budapez.

sábado, 3 de octubre de 2009

Tarde de primavera


Recupero el verano como un lengüetazo sobre mi cuerpo y en la lamida del sol vuelve la vida.
Miro el cielo azul y duro como un mosaico sobre mi cabeza
y pasan algunos insectos por debajo del puente de mi cintura.
Hay cinco ciruelas creciendo en mi arbolito de maceta.
El aire entra, cálido y lento, y me dibuja la carne como si fuera fuego suave.
Se me queman los poros, los huesos y, de nuevo, la sangre.
Crecen los tallos, los ojos nuevos, los torrentes de risa, los colores.
Mi piel vuelve a ser la que era en julio en otro continente
y se me alegra el alma que bosteza, se estira, se desliza entre el agua que riega las macetas, la terraza, la escalera y el cielo.
No me importa qué dicen los que estaban hablando.
Nada me importa ahora demasiado.
Me siento un rayo en un mundo soleado.
No quiero que me invadan las palabras.
En el silencio se escuchan los distantes secretos y mi corazón salta en mi pecho abierto.
Me alargo en las baldosas y no pienso.
Ya no pienso.

viernes, 2 de octubre de 2009

Amanecer

Matinal el silencio se puebla de pájaros.
El ceibo tiene gotas de sangre entre sus ramas que han de haber quedado colgadas de días anteriores: este recién comienza y no tuvo tiempo aún de estrenar su cuota de angustias y agonías.
La luz del sol es una fragancia insinuada en los vidrios velados del patio.
Yo, mientras tanto, mientras el día adquiere carnadura, se hace dura sustancia, se llena de bordes y figuras, organizo las cosas: almuerzos en envases de plástico para que todos lleven, la ropa que quedó durmiendo en la terraza, desayunos, duchas veloces y sincronizadas, comida para el gato, un café extra para que alguien se despierte definitivamente, papeles, libros, mochilas...
Y el aire está frío como si no supiera nunca de calendarios y deseos.
Entonces me detiene, me atrapa la cintura con sus manos de hombre, su tibieza dormida y todo recomienza para hacerse otro ovillo de cuerpos, de perfumes, de voces susurradas al oído, de palabras tan vagas que son sólo palabras sin dirección que no sea perderse para siempre en el sol que ya se sabe alto y dueño de todo lo que haya para ver.
Y veo...porque de eso se trata despertar en octubre.

jueves, 1 de octubre de 2009

Enredadera feroz


Duermo todas las noches -todas las largas/todas las cortas noches- en los despojos de mi escritura.
Me deshago de las palabras como si fuera ropa para ingresar desnuda en el territorio donde me habita otra realidad en la que nadie queda excepto yo, de pie frente a mis húmedos fantasmas, frente a mis mórbidas fantasías atávicas.
Me deshago de todo lo que dije/lo que leí/lo que escribí/pensé
y quedo sola con mis deseos que son boca enormes, pero mudas;
que son ojos abiertos, pero ciegos;
que son manos ansiosas; pero muertas;
que son pieles suavísimas, pero solas;
que son lo que me sacude la sangre y el corazón y el cuerpo como si fuera un huracán de espinas y la carne se abre, se deja penetrar, se retuerce en medio del placer y del tormento, en medio de la angustia de no poder decir lo que debe ser dicho, en medio del castigo de ser sólo palabra, de estar, fatalmente, condenada a escribirlo; de saber que, en cuanto el párpado se despegue y la luz invada mi pupila contrayéndola, deberé recopilar los despojos y volver a vestirme y explicar argumentar narrar describir dialogar: ser esclava de todos mis decires y no tener ya más resguardo que las palabras que me condenan a una muerte segura cuando todos se callan y sólo lanzo yo mis frases como lanzas que regresan a hundirse en medio de mi cuerpo que no quiere dormirse, perdido como está en la oscura adicción de una lengua que sólo existe si sale de mi boca y se enreda en el borde de mi cama hasta cubrirlo todo como la enredadera feroz de mi conciencia.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Algo cae en el lavabo

Hallar la voz que se revierta en el aire y estrene un vuelo de alas y escamas y todavía que suenen las flautas de cristal junto a los estanques dormidos donde la bruma se hace pez y se desmembra en sutiles colores contra las gotas. Yo pienso en vos y no puedo imaginar cómo es que ahora siento el otro lado, el que siempre estuvo entre nosotras pero nadie veía. Es tan difícil ahora remar contra el río que baja para alcanzar otra vez la naciente. Yo quiero estar en carne viva y vos sólo deseas sobrevolar por la superficie del mundo para que no se anegue demasiado lo que no podés ya sentir. Jamás pude abrazarte -y te lo dije- ni llorar en tus brazos ni decirte que te quería porque ofreciste muros de hielo a mi ternura que no necesita demasiado para ir naufragando y morirse de una muerte veloz. Quiero que el viento limpie el aire que respiramos de aquí en más y no sé cómo hacer para despertar los huracanes de tu corazón.

martes, 29 de septiembre de 2009

Lectus in lectus


No se puede no leer.
No se puede no leer lo legible/ilegible.
Como no se puede no decir lectus in lectus
escrito en la piel
y yo he dicho
hasta el hartazgo
hasta que me salieron cardenales en las caderas el pecho la cintura
y me quedó marcada la sangre para siempre.
Ojos de páginas que se amontonan in lectus porque he dicho que si no hay palabras no hay nada y la tristeza es una piedra que no late porque nadie la dice nadie la lee nadie la escucha.
Boca de tinta que resulta impermeable porque no hay ortografía si no es de saliva y de labios que no se pueden leer porque no hay lectus que perdure en el tiempo si no es escrito a cada rato en la piel que muta y se deslíe y vuelve a encerrarse en la densidad aromada de la hora en que la luna desea dormirse para que no digan que fue ella la responsable de los zurcidos al texto que se notan aunque intente ocultar que no se puede no leer lo que supura en la sutura donde los sustantivos se amontonan y gritan para que abra las puertas y penetren los verbos como si fueran árboles sangrando y alguien me diga que me calle, que ya me calle de una vez.
Como siempre, cuando deje de leer estaré muerta
para todos para los que creyeron que me tenían ceñida en el halo de luz de una simple vocal, pero yo me escapaba por puntos suspensivos e infinitas comillas hacia otra nota al pie.
Me quitaré la ropa y dormiré entre sábanas blancas como esta hoja sobre la que escribo que no se puede no leer que no se puede no leer.

Escrito en el cuerpo

Dijiste.
Tu nombre en mi cuerpo.
Y yo dije sí.
Y agregué .
Tu nombre en mi cuerpo.
Y vos dijiste sí.
Siete letras en tu piel con tinta indeleble.
Seis letras en mi piel con tinta imborrable.
Tan literarios nombres que sólo repetían la tinta con la que siglos atrás ya habían sido escritos y con la que otros habían vuelto a escribir sobre ellos.
Y nosotros entonces volvíamos a escribirlos para tatuarlos en nuestra piel que se enredaba superponía entremezclaba se perforaba se estremecía y sangraba
Porque nuestros menudos corazones, fuertes como tormentas, sólo sabían sangrar.
Después pasó la vida.
A mi nombre en tu cuerpo lo taparon las hiedras de la memoria.
Sobre tu nombre en mi cuerpo vuelan dos mariposas.
Pero ahí estarán
eternos
imperecederos
indelebles
imborrables
escritos en nuestro cuerpo.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Puertos inefables

En Singapur, a esta hora, los perros ladran en las veredas desamparadas de la noche mientras los mendigos merodean las sobras que se acumulan en los puertos vacíos.
Todavía llueve en Rotterdam y los barcos no pueden zarpar porque la tormenta arrecia y levanta olas oscuras contra los murallones del Europort.
En Marsella las embarcaciones se sacuden solitarias y tristes.
Yo miro las luces encendidas como vientres en los puertos: lámparas azules y blancas sacudidas por el vendaval y me despido de todos otra vez.
¿O no es despedirse lo que debe hacerse en los puertos cuando se hace de noche y no hay más carga que descender de los buques desiertos?
Camino pateando una lata que hace ruido en la soledad deshabitada de los mismísimos puertos que son felices bajo la luz hinchada de las velas.
Que nadie diga nada porque todo está dicho desde siempre.
¿Para qué agregar más palabras a lo inefable?

Sin compañía


Buenos Aires
Viernes 25 de septiembre

2009

No puedo acompañarte, dice...No puedo, me dice ella a mí.
Y yo siento que la soledad me rodea como una rosa estéril en la que naufrago.
Mi corazón de pájaro inquieto tirita en el espacio hondo donde todo lo siento.
Me atraviesan los vientos de lado a lado y ella queda en otro sitio que no es el que yo voy desplegando.
Siempre sucede igual:
tanta tormenta me moja como una selva de perfumes salvajes
y no encuentro quién comprenda el vendaval de pétalos que cae sobre mi piel en las noches de una fría primavera hecha más de lluvias que de soles partidos.
En mis pupilas se esconden los aleteos de mis brazos, el salir por arriba del viejo Marechal, el escozor del cerebro que habla en otro músculo y deja correr los líquidos azules de mi cuerpo.
De frente estoy ante otros fragmentos y no podés acompañarme.
Pero en la imposibilidad puedo encontrarte y sentir que todo lo que hemos dicho está allí, al resguardo, aunque yo llore de ternura y de pena.
Si vos pudieras saber cuánta blancura porta la luna en las noches y cuánta todavía la que yo imagino en la tibieza de mi alma: ríos de talco blanco aunque vos digas que nada te importa demasiado, que todo te da igual y te escondas de mis requerimientos oculta allí para que no te lleve la correntada que me arrastra y me obliga a nadar, siempre nadar.
He abierto una antigua compuerta y vuelo sola para llegar al cielo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Baile

Quise quedar de ese lado del vidrio: tan exterior como me fuera posible.
No deseé dejar mi piel metida en ese baile; aunque, a decir verdad, me moría por bailar.
Pero las luces eran tan efímeras como bengalas en medio de una noche de noviembre: se encendían, estallaban y sólo quedaba la oscuridad total después de los agónicos chisporroteos del final.
Y pensar que yo había planchado mi vestido de gasa y lo imaginaba flotando en la fosforescencia de la noche, iluminado por una luna mórbida y pequeña, saturada de finos trozos de talco y miel.
Pero sonó la orquesta y la pista se abrió y yo, entonces, elegí:
de ese lado del vidrio se estaba mucho mejor.
Las mujeres que bailaban tenían gruesos muslos y una cintura ancha
y yo,
que soy mínima y liviana,
que adolesco de cierta brevedad,
que tengo una cintura para la que sobran las palmas y los dorsos,
que tengo brazos a los que se les aflora el hueso
y una muñeca que cabe en la vuelta de dos dedos,
yo no tenía demasiado que hacer ahí.
Ellas bailaban enredadas en cuerpos varoniles que nunca podrían lastimarlas,
y mi talle era casi como el de una copa de cristal y terminaba en un cuello que parecía morir de pura indecisión
A ellas la boca les ocupaba la cara,
a mí se me desbordaban ojos que se hacen verdes en la hora exacta del amor.
Del otro lado del espejo llovía suave y apenas
y mi vestido se mojaba pegado a mis caderas.
Todas bebían licores cristalinos y yo tomaba una botella de agua mineral.
Sin embargo, de ese lado del vidrio, hubo quien recordó mi voz ronca, la risa que me brota del centro de la carne, mis piernas largas, mi cuerpo que se enreda como una hiedra en medio de las sábanas, mi suavidad de felina imperfecta...
Y yo, que sólo tenía deseos de bailar, bailé.

Yo sé latín

Desde chiquitita me sentaron a practicar cómo declinar con certeza sustantivos de la primera. Después avancé con los neutros y masculinos de la segunda hasta llegar a la tercera y el misterioso universo de parisílabos e imparisílabos con sus falsos correspondientes. En un dos por tres acabé con la cuarta de tema en u y la quinta en e. Aprendí verbos de tema en "a", en "e", la tercera, la tercera mixta que ahora llaman quinta y la cuarta conjugación. Pronombres, adverbios, completivas de infinitivo, ablativos absolutos, gerundivos y vaya dios a saber qué se me pierde en la memoria... Leí a Iulius Caesar, a Suetonio, a Petronio, a Virgilio y al adorado Catulo junto con Cicerón. Un poco de Séneca, otro tanto de Lucrecio, Ovidio y Plauto y después llegué a Pompeya y me introduje en las piedras del prostíbulo, en los enormes falos dibujados en la pared y me pregunté por qué nadie me enseñó el lenguaje de las tabernas, los gritos de las calles, los alaridos latinos del amor.

Mariano Levin: Él antes

Él dice
que antes
que una página se cierra
que sus dedos pueden despegarse de su cabeza y andar.
El dice
qué suerte que yo estoy aquí
que suerte que me busca y me encuentra
que suerte que me tiene
y yo
me dejo ir por sus palabras como quien cae a un corcho y flota en medio del mar:
de ola en ola mojada por espuma,
de burbuja en burbuja ajena a la tormenta,
de brisa en brisa perfumada de yodo y sal.
A veces me desgajo y me pierdo.
A veces me acongojo y me lamento.
A veces me oculto y me lastimo.
No siempre estoy donde debería estar.
Yo también tengo antes
Yo también tengo paciencias que no sé ni aguardar.
Yo aullo envuelta en sílabas de sangre.
Yo tengo tiempos y jardines para cultivar.
Yo ofrezco mis palabras en ofrenda,
Yo dejo ver mi cintura de náufraga,
mi cuello de paloma,
mis caderas de arcilla,
mi pecho como una almohada tibia,
mi sexo húmedo de agua torrentosa,
mi espalda grabada con nombres y mariposas verdes.
Yo no soy una piedra alisada en el fondo de un río.
Yo muestro aristas, grietas, espinas y
algunas cosas más;
pero
qué suerte que te tengo
qué suerte que te busco y te encuentro,
qué suerte que vos también estás aquí.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Quererte


Museé Rodin
París, juillet 2009


Cuando te fragmentás así, en gotas de colores, y tu perfume se me queda en las manos desmayado; cuando te derramás así y voy oyendo tus palabras como una larga cinta de seda que me anuda a tu cuerpo y me vas encantando para que no pueda mirar otros paisajes que no sean los tuyos, tus ojos de claror vespertino, tus manos solitarias; cuando te reís en mi cuello y no puedo oír ninguna carcajada que no sea la de tu boca mía; cuando me tendés en la tierra y tu saliva me dibuja una flor de cristales creciendo en mis caderas y los tallos se enredan en mis piernas y trepan mi cintura hasta llenar de pétalos mojados el revés de mis párpados: : ese es el instante en que suelo quererte como si fuera siempre, como si el tiempo se hubiera deslizado al centro de una plaza una tarde de octubre cuando ni vos ni yo nos sabíamos existentes y sin embargo andábamos merodeándonos como fieras ajenas.

Penélope no sabe

En casa y la luna reflejada en los vidrios del patio entre las plantas.
La luz blanca y fría es casi líquida y cae sobre mi piel desnuda.
Necesito que me beses y dormir en tu abrazo.
Hace días que mi cuerpo te extraña
y no puede suplir con palabras la falta.
Los tiempos se desenvuelven con sus propios rumores y en el límite de sus posibilidades,
pero la piel tiene otro ritmo que no desea comprender de racionalidades puras y exactas y de aceptaciones civilizadas
y se debate entre el deseo incumplido y la sublimación.
Las macetas regadas no hacen más que traer un olor que acrecienta la distancia.
La realidad es una estructura que se agrieta y por las rendijas se filtra un licor espeso y traslúcidamente rojo.
Preferiría no hablar
-nunca más hablar de nada-
y dejarme estar en el mar profundo de las sensaciones donde me sé abandonar y colmar para volver a vaciarme y abandonarme y llenarme hasta el límite de mi propia carnalidad.
Estuve tan lejos en esta noche
tan distante de mí misma
tan rodeada de colores y aromas que no podían pertenecerme
que empecé a sentir los pasos de insectos pequeños sobre la línea delgada de mi cadera.
Sólo yo los veía trepar por mis piernas, anidar en mi cintura, deslizarse por mi nuca desnuda y buscar mis cabellos desparramados.
Eran otros días otros animales que se desbocaban en un sábado de madrugada mientras la gente que me rodeaba hablaba y yo estaba ajena, envuelta en mi deseo y mi necesidad.
Todo está detenido a la espera de la fiera que salta sobre mi cuello y me desangra.
Las abejas beben agua en mis clavículas y sabe a líquido de sol.
Mi cabeza conoce y acepta la espera femenina de Penélope
pero mi cuerpo extraña la sombra que lo cubre lo penetra lo completa.

viernes, 25 de septiembre de 2009

La sirena y el pez espada


Hablar es hablarse
Julio Cortázar, Los Reyes


En el fondo del mar, una sirena de escamas plateadas está sentada entre burbujas de oxígeno verde que la sostienen. Un pez le roza el cuerpo suave que sabe a sal. En el agua, ella mira hacia la tierra que, sedienta, desea y que se halla lejos, muy lejos. La tierra tiene plantas azules por donde corre la brisa entre los bosques europeos. La sirena huele a menta marina y a estrellas y en sus cabellos crespos se enredan madréporas y ostras blancas. Tiene ojos en los que alberga sueños ligeros e inestables. Un pez la ronda con sus burbujas de aire y ella le ha entregado el corazón. Se dejan estar suspendidos en alguna molécula de arena donde quedan escritas infinitas palabras en la playa. Por el largo camino de las sílabas, la sirena busca la boca que la llama y el pez la recibe en sus brazos mientras se sumergen en una taza de té vespertino con besos crepusculares y relatos de mieles de colores perfectos. Después en la vereda del palacio marino, el pez debe partir no sin antes dejarle a la sirena un último relato en el umbral: las abejas son gotas de oro que se alejan de la colmena para volver, siempre volver. Soy una Penélope marina que prefiere escribir.

Porque la resina que me trajiste del mar cuelga de la ventana de mi cuarto.
Porque los regalos son los momentos en que estamos juntos en la distancia.
Te quiero.


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