martes, 20 de enero de 2009

De Quijotes y melancolías

Cervantes era un hombre desgraciado. La vida le transcurría de frustración en frustación. Ni a hacer la América lo dejaron partir y en el archivo de Sevilla consta el documento que rechaza su petición. Y cuando logra un éxito seguro, el primero y único de una vida llena de penurias amorosas y cotidianas, y su Quijote de 1605 conoce las mieles del reconocimiento, aparece un turro, un flor de hijo de puta, que se lo roba y publica lo que hemos dado en llamar el Quijote apócrifo. Ese don tal Alonso Fernández de Avellaneda osa publicar en Tarragona allá por 1614 un malhadado Segundo tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha y esconderse tras tan buen seudónimo que nadie aún ha podido saber cuál era su verdadero rostro (Para mí tengo que debe haber sido el Fénix de los Ingenios, envidioso de tremenda obra maestra.) Preso de un furor verdaderamente divino, Cervantes se lanza a la escritura del único segundo tomo cierto de su obra maestra y, como toda obra nacida de la ceguera catártica, es el alarido de un hombre que clama por su cuota de felicidad en la tierra después de tanto espanto dolorido. Culminada en 1615, dice su Sancho al final, ante un Alonso Quijano moribundo:

"Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

–Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

–¡Ay! –respondió Sancho, llorando–: no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana."

Y meses más tarde, un 23 de abril de 1616, el propio don Miguel se deja morir en brazos de la melancolía, que fue su mayor y más grande locura.

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