lunes, 26 de enero de 2009

Como cerdos

A la orilla de la ruta 5, pasando Carlos Casares hacia Buenos Aires, de regreso en un domingo algo más feliz con respecto a la temperatura, estaban ellos. Hermanos, primos o conocidos/ desconocidos circunstanciales de aquellos doce mil a los que les faltaba maíz y corrían serios riesgos de comenzar a practicar la porcinofagia, estos gritaban como cerdos con unos alaridos agudos y penetrantes; olían como cerdos nauseabundos y se amontonaban en los dos pisos del camión jaula al rayo del sol: los del piso de abajo dormían como verdaderos cerdos, estirados, encimados y, de seguro, roncando en medio de la suciedad, los del piso de arriba bramaban como cerdos encerrados en un camión jaula, se mordían unos a otros, se hacinaban en peligrosa promiscuidad y se pegaban con las nalgas y las cabezas poderosas. El conductor del camión bebía una gasesosa adentro del local mientras un cajero con más cerebro de equino que otra cosa no podía restar cincuenta menos treinta y darnos el vuelto. Los cerdos chillaban incómodos mientras el sol y la suciedad los hervían en un caldo oloroso e inmundo. Les saqué unas fotos en las ellos no parecieron reparar y pensé que, después de esto, jamás pediré un sandwich de jamón. Sólo de queso.

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