El viaje postergado/ el viaje realizado

Para este febrero yo debería haber estado en una ruta europea descubriendo con mis botas de nieve el mundo francés o español del medioevo. Había llenado un cuaderno de margaritas blancas con miles de lugares ignotos en los que iba a descubrir un universo nuevo. Maïa iba a abrazarme con sus manos de hada y mi hermano ya me esperaba con una servilleta colgada de la camisa. Después nos alcanzó la vida: pasamos por las brasas ardiendo y el dolor estrelló su fuego frío en todos los posibles sueños. Pablo atravesó las sombras y salió airoso de su prueba. El amor fue una guía para evitar la muerte y leímos los mapas para llegar al jardín del verano con los ojos abiertos. En aquel oscuro octubre decidí devolver mi pasaje y quedarme donde lo requería mi corazón de madre. Deshice la valija de mis sueños, escondí el pasaporte en un cofre de piedra y dije que sería otro año. Pensé que este verano me vería anclada para siempre en Buenos Aires y, sin embargo, cargando la esperanza en la espalda fui y vine como una hormiga por toda la ciudad llevando a mi hijo adonde fuera necesario y los médicos nos permitieron lo que era impensable: este domingo nos subimos a un barco y nos esperan, allá, en la otra orilla, otro hermano y dos chicos que alimentaron mi corazón los días de agonía. Nos esperan las playas, tardes de nesquick y tostadas, mates y libros. Como antes, pero distinto. De este lado del río, queda un fragmento de mi corazón al cuidado del fuego que deberá estar prendido y ardiendo cuando todos volvamos.

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