lunes, 26 de enero de 2009

Eya en el 424


Le dijo llenálo o algo así y entramos a la estación a comprar agua. ¡Maldita costumbre mía de tomar tanto líquido! Cuando salimos, el tipo ya lo había llenado y murmuró algo así como noventa y siete pesos. Estábamos en Pehuajó y todavía yo no conocía el monumento a Manuelita. La próxima parada era en Trenque Lauquen. El termómetro marcaba 39,5°. El sol era un planazo en medio de la nuca y parecía que todo se quemaba lento pero inexorable. 11 y 20 de la mañana. Kilómetro 424. El auto, que venía retobándose desde la estación, lanzó una bocanada de humo negro y se detuvo. Repito: 11 y media de la mañana, 39,5° y la nada a ambos costados de una ruta incendiada por el sol que no tuvo ni un instante de piedad. Para nuestra felicidad, ambos teléfonos tenían señal y estaban cargados. La aseguradora planteó una demora "razonable" (sí, chiquita, razonable para vos que estabas en Buenos Aires con un aire a 19°) porque no tenían servicio en Pehuajó ni en Trenque Lauquen. Alguien, caritativo, nos pasó el teléfono del concesionario General Motors más cercano. El ACA todavía nos tiene en espera. Repito: prontos 40°, 11 y 40, kilómetro 424 y la nada llena de maices quemados por la sequía y el sol abrasador del mediodía sobre nuestras cabezas. En GM atiendió un tal Martín. "Mirá, cargué nafta en Pehuajó, el auto empezó a tirar mal, bocanada de humo negro...Sí, grasoso... ¿Ya cerrás? ¿A las 12? Bancame un rato, está por venir el auxilio...¿Y a la tarde?...Ah, cerrado... Bueno, esperame... Te vuelvo a llamar." Llamó el seguro. Tenían el auxilio. En veinte minutos iba a llegar. Empezaba a levantarse el viento de un agosto sahariano, como si alguien hubiera puesto un ventilador en la boca de un horno a doscientos grados. Cada vez que hablábamos por celular había que cerrar las ventanillas y era lo mismo que con el viento, pero adentro del horno y con la tapa cerrada. El sudor me caía como agua por la columna vertebral. "Llamemos a Martín para avisarle que ya viene el auxilio y que nos espere." Marcamos. "Mirá, somos los del Astra EYA 4.. queríamos avisarle a Martín que en 20 viene el ... Ah, ya salió para acá." Martín empezó a transformarse en una deidad auxiliadora para adorar. Al rato, lo vimos descender de una camioneta, revisar el auto y dictaminar: "NO TE PUSIERON NAFTA. TE CARGARON GASOIL." Sí, sí, sí... el imbécil de Manuelita que se fue a París y volvió tan arrugada como partió había puesto gasoil en un auto naftero. Conclusión: a las tres de la tarde, Martín (que es el único Dios y nosotros sus profetas) había remolcado el EYA 4.. los veinte kilómetros que nos separaban de Trenque Lauquen, vaciado y limpiado el tanque, cambiado el filtro, revisado los cilindros, cambiado las bujías, cargado la batería que se había descargado y revisado el aceite. Parece ser que el gasoil sobrante había escurrido hacia allí y hubo además que cambiar el aceite y el filtro correspondiente. Martín, (te alabamos, Martín), cuyo horario de laburo terminaba a las 12, que no había almorzado y que penaba, igual que nosotros pero yendo de acá para allá, bajo los 42° que ya deberían hacer, que había ido a dar dos o tres vueltas para volver cada vez a arreglar algo que no le sonaba bien, nos entregó las llaves y dijo ya está. Llegamos a Tres Lomas a las cuatro de la tarde, el sol nos había fundido el cerebro y no podíamos pensar. Tomamos mucho líquido fresco y nos fuimos al hotel. En el Astra naftero, obviamente. Por suerte existió Martín y pudimos descansar en el séptimo día. Y además, a la noche, empezó a llover.

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