domingo, 4 de enero de 2009

Hormigas

Me dejo estar en la mañana.
Hay unas hormigas negras yendo y viniendo por las enredaderas desde temprano.
En mi mesa, los papeles se acumulan como si fueran montañas que crecen por la noche.
Hay trabajo que hacer desde temprano y yo me dejo estar, me demoro en un verano que sopla como el céfiro feliz.
Todos duermen, hasta el gato que ya regresó de su ronda nocturna.
Simple, la hora se va abriendo y se muerde los bordes y los minutos caen junto al agua en la alcantarilla.
El ceibo se moja con flores rojas.
En otra casa, él duerme también. Sólo sé que nos aguarda la construcción de un mundo hecho de verdes infinitos.
Las hormigas continúan en su senda de labores precisas y cada tanto se detienen a decirse las novedades de la mañana. Ellas saben que mi piel posee marcas de pertenencia y las orillan cuidadosas de no tocarlas. Nada es tan sencillo como soplar y hacer botellas. Nada es tan complicado como levantar vidrierías góticas en medio del desierto.
Los días son pura nada sin otra trascendencia que la que le otorgan los relatos posteriores.
Escribo para eso: para que exista una significación.
El resto son hormigas trabajando.

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