domingo, 18 de enero de 2009

Lectura

Enero entra en su recta final. Leo, como todos los veranos, para sacarme la ansiedad voraz que me consume cuando el año deja poco tiempo para la lectura. Leo buscando respuestas a mis preguntas de siempre, buscando respuestas que sresuelvan mi destino y me brinden una trascendencia de la que la vida carece, muy a mi pesar. Últimamente se me ha dado por releer: ese deambular por caminos ya transitados por mis propios pasos y en los que, ahora, me pierdo por huellas diferentes. Como siempre ignoro narradores y efectos de ritmo o duración, ignoro actantes y complicaciones para dejarme ir en lo que deseo saber, en lo que otros, sin conocerme, han dicho sobre mí. Porque eso es leer: buscar las pistas de lo que los otros han dicho sobre mí. Las palabras vertidas en el devenir de las páginas son senderos perdidos en medio de las montañas de mi inexperiencia. Las palabras son las cuñas que me permiten escalar adonde el aire está siempre más fresco aunque duela al respirar como si los pulmones se despegaran milímetros a milímetro de las mucosas viscosas que durante tanto tiempo los tuvieron adheridos. Y allí en la cima oxigenada entra lo que otros dijeron en mi cerebro y lo dejo pasar por mi laringe, mi faringe, mi tráquea, mis bronquios, mis bronquiolos y en cada alveólo mi sangre se llena de palabras. Eso es leer, un acto soberano que me permite sobrevivir.

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