miércoles, 28 de enero de 2009

Pánico en la cabeza

En el aire se agitan murmullos quedos.
Todos hablan suave para no despertar a las sombras.
A lo lejos las serpientes se revuelven en los nidos y empollan sus huevos.
La quietud es un signo perverso donde la mente me estalla y no dice más de lo que yo mismo espero que diga.
Vuelvo a decir -para que entiendan todos- que esto es ficción y sólo ficción.
-Pura literatura hervida en una olla de pasados que se hacen densos como jalea espesa.-
No hay nada que no sepa, sólo transcursos que corren como agua y deben vadearse para llegar al puerto.
La soledad es mala consejera para mi corazón que evita mi cabeza.
Allí nadan en brea mis errores primeros: cuando me quedo sola, cuando todos me han abandonado definitiva o transitoriamente, me abroquelo en la coraza espinosa del erizo y nadie puede horadar esa piedra.
A tu lado desaparece el fantasma que se mueve detrás de la puerta de hierro para alcanzarme con sus garras de fuego que huelen a temores antiguos; pero me quedo sola y él vuelve a asaltarme y me dice que nada ha cambiado, que todo sigue igual, que me dio un recreo, que está tomando fuerzas y volverá a tragarme para asfixiarme entre sus fauces negras.
Respiro profundo, respiro profundo, respiro profundo y el oxígeno trepa a mi corazón como un bálsamo azul.
Nunca tuve familia: nunca tuve una mesa grande en el patio: nunca tuve viento bailando con el blanco mantel: nunca tuve cenas de verano. Mis padres enloquecieron pronto, mis hermanos huyeron, mi hijo se fue y regresó muy tarde. Nunca tuve familia ni hogar ni resguardo. Crecí como una hierba, erguida y sola, en medio de las lluvias voraces y resistí los gritos, los golpes y confundí caricias con asaltos y no supe parir sino un mundo de estrellas y relámpagos. No sé sino estar de pie con la armadura puesta a la espera del monstruo que vendrá a asesinarme cuando baje la guardia. Nunca supe ser la mujer de alguien para que me cuidara cuando me hace falta una taza de sopa y una aspirina en la hora de las fiebres oscuras del pantano. Nunca hallé quien me tapara cuando la noche es fría y me abrazara diciéndome que todo pasa, que nada dura para siempre ni siquiera el dolor que finge ser eterno. Nunca tuve un reparo que me protegiera de la lluvia de fuego que lastimó mi piel con pústulas de hielo. Siempre de pie como una ninfa poderosa que dice no necesitar nada, nunca nada.
La cabeza es mala consejera porque está llena de recuerdos amargos y no distingue con precisión entre lo que se siente y lo que se piensa. El corazón se inquieta y hierve en burbujas de colores y ámbar cristalino: lo que es veneno bien podría ser bálsamo unas horas más tarde.
Me hablo a mí misma frente al espejo para convencerme de que los miedos ceden y se disuelven como agua que pasa si no se ofrece un dique.
Quiero que fluya un torrente adentro de mi alma.
Quiero.

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