viernes, 27 de febrero de 2009

Escribo un libro


Hay una montaña de papeles blancos que me llaman desde la pantalla luminosa de mi computadora. A decir verdad son 280. Entonan la seductora canción de la hoja en blanco y, cuando me acerco para llenarlos, son muchachas histéricas que no se dejan ni siquiera tocar. En mi mesa se mezclan sus versiones de celulosa y la página uno se completa con la página veinte porque dónde habré dejado la tres y la veintiséis. La calma se pierde cuando la cosa se pone esquiva y hay que sacar a Ortega y Gasset para que entre Ciro Alegría que encima grita que el mundo es ancho y ajeno y qué joder. Los comuneros de la rima consonantes abuchean cuando declama Maiakovski mientras doña Bárbara se pregunta qué hace la loca de Alfonsina sumergiéndose a los treinta y pico en el mar. Al lado gritan los predicados que los sujetos no son nada sin ellos y los sujetos le contestan que sin sujeto no hay nada de qué predicar. La be dice que se la respete y la ce algo así. Deambulan puntos, comas y a continuación un par de comillas sueltas que iban sobrando por allí. Textos argumentativos, instructivos, narrativos, descriptivos reclaman un lugar bajo el sol. Actividades, evaluaciones, páginas de apertura, de qué aprendés y de cómo carajo lo vas a aprender. Y mientras tanto, la pantalla titila como una nívea superficie inmóvil. Y sólo escribí hasta el capítulo 3.

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