jueves, 26 de febrero de 2009

La casa de Andrea

Yo tuve una infancia con una madre que deambulaba demente de un cuarto a otro, un padre que intentaba que aquello nos pareciera normal y dos hermanos a los que tuve que adoptar como hijos para no crecieran en medio del desierto de la tristeza y la soledad. Cuando se hicieron grandes se fueron lejos para sembrar su historia en otras tierras que no supieran a tragedia o que, al menos, desconocieran la que a nosotros nos habìa tocado atravesar. Y yo, más apegada a todo, me quedé acá: sin familia, sin origen, sin nadie a quien decirle si se acordaba de las tardes de verano en las veredas de Parque Chas. Y en mi corazón vacío, la familia ocupaba un idílico espacio que tenía siempre idénticas imágenes: niños corriendo, una mesa con mantel blanco en el patio y adultos conversando mientras el tiempo se endulzaba en una somnolencia que tenía el color de la felicidad. Con el correr de los años llegaron mis sobrinos; pero siempre tan lejos, tan imposibles que no puedo ser, sino de a ratos, la tía que a mí me hubiera gustado ser: la que llena de cuentos y golosinas, la que se queda una tarde de lluvia pintando con témperas o acuesta a los chicos cuando los papás no están. Y un buen día de enero, Andrea apareció en mi vida: con sus dos hijas que leen los cuentos que les empiezo a regalar, con su mesa de mantel blanco en el patio, con su perra que pasea, con sus fotos de vacaciones que son tan parecidas a las que yo supe tener en el sur, con su risa franca, con su conversación extendida hasta el borde de la medianoche. Y algo parecido a la ternura me recuerda lo que no tuve, lo que no fue nunca mío, lo que estaba ausente para mí y ella me acerca sin pedirme nada. Tan sólo porque sí.

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