martes, 3 de febrero de 2009

Presente de indicativo

Hace miles de millones de años que Pablo y yo no estamos juntos vacacionando. Si no me equivoco desde febrero de 2002. Es placentero verlo sumergirse en el mar y volver por unos mates mientras lee a Miguel de Unamuno. A mí se me dio por Flaubert y por Manuel Puig. Anoche cenamos e hicimos una caminata hasta el mar a oscuras. A medianoche el cielo se vino abajo y ahora sale un sol tímido entre una capa de veraniegas nubes grises. No le pido nada a la vida porque, a su manera y en cuentagotas, me va dando lo que necesito. Quiero tener una existencia plácida, lejos de las turbulencias en que mi corazón se ahoga a menudo; quiero vivir así, en presente de indicativo. Quiero que ese presente sea el de la enunciación: que las cosas transcurran mientras las digo y las hago. Afuera de esta casa hay un pájaro saltando entre el césped que todavía debe estar húmedo. Pablo duerme. Yo escribo y tomo mate. Las cosas suceden mientras las digo y no hay ni una historia que observar ni un mañana que resolver. Si tuviera la posibilidad de volver atrás, viviría mi vida con esta sabiduría tan elemental de la que me doy cuenta demasiado tarde. Hay, sin embargo, tanto por hacer aún: por ejemplo, preparar comidas, abrazar seres queridos, leer y escribir, caminar hasta agotarse, tenderse al sol, sumergirse en las aguas, dormirse, despertar. Todavía tengo tiempo de darle a Pablo lo que, tal vez, siempre le faltó: una familia. Me emociona descubrirle una sombra amorosa cuando está con los primos. No supe hacerlo antes, pero tengo la oportunidad de reescribir esa parte de la historia. Nadie borra con el codo lo que escribe con la mano, pero siempre quedan miles de páginas para intentar nuevos textos, nuevos relatos, nuevos pedazos de palabras para completar. Somos muñecos de barro a medio hacer que fraguamos al sol y en cada golpe de calor algo se modifica, algo se cuece, algo se transforma. Nunca estamos del todo hechos y cada vez, otra vez, podemos intentarlo para vivir mejor. La experiencia del último trimestre del 2008 me enseña que hay que ablandarse hasta la liquidez porque sólo lo líquido se escurre entre las grietas y del otro lado las gotas se reúnen y vuelven a formarse. Yo necesito aprender a pasarla bien. Nada más.

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