sábado, 14 de marzo de 2009

Asfixia en mí misma

Anchos murallones me cercan y no me dejan respirar.
El aire se hace angosto y hay miles de puertas a las que debo prestar atención.
Allá lejos, el sol brilla en las colinas; pero la ansiedad no me permite ni siquiera mirar.
¡Hay tanto por hacer: la ropa se amontona en los canastos, los estantes claman sin comida, los papeles esperan en blanco para ser escritos, los amigos llaman para que los escuche, los hijos piden que los alimente, que los lleve, que los contenga, vos pedís tu tiempo y tu lugar!
Todos y todo tienen razón.
Pero yo me voy quedando apagada en un pequeño rincón y sólo tengo ganas de ponerme a gritar.
El día se estira con su vientre repleto de obligaciones.
La noche se abotarga de estrellas cargadas de peligros para los saltamontes que deben empezar a vivir.
Del antiguo patio de recreo sólo quedan hierbas que crecen sin ton ni son.
Los horarios ruedan indicándome que ya hay que salir, que ya hay que hacer, que ya hay que empezar, que ya hay que regresar.
Sólo quiero volver a ser una niña pequeña, que otros piensen por mí, que la mesa me espere tendida y que me manden temprano a dormir.
Pero soy esta que soy: adulta, exigente hasta la nublazón, agotadora y poderosa hasta la enfermedad.
Abro los ojos y espero que esta clase de mundo haya desaparecido y todo sea diferente para mí esta vez.
Abro los ojos y deseo que los muros se hayan extendido, que el aire sea grueso y que yo pueda respirar otra vez.

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