sábado, 21 de marzo de 2009

Cogito ergo sum

El aire tiene burbujas azules donde el oxígeno estalla fosforescente.
Al respirar la carne se estremece y duele.
Tanto como estar viva.
Tanto como saber que, a cierta altura, las cosas son lo que una necesita.
Nada cambia demasiado en los paisajes oscurecidos del alma, excepto la memoria que permite afirmar por dónde van las rutas, los senderos, las huellas diminutas y perdidas en los bosques cerrados.
Quizá me queje mucho, quizá tenga poca paciencia, quizá no sepa demasiado.
Pero me acuerdo de muchos puentes, de mucha agua corriendo por debajo, de mucha tierra fértil, de muchas noches frescas.
Los lobos aúllan como fieras perdidas en medio de la niebla.
Yo no sé comprenderlos y nada tengo, excepto mi piel erizada de frío al borde del precipicio y el rocío cayendo.
No hay más cercos que los yo permito que se construyan y las fieras pasean sedientas de una sangre que está llena de burbujas azules.
Nadie sabe.
Nadie cree.
Nadie tiene certezas inconmovibles para seguir viviendo.
Yo soy la menos aconsejada para tenerlas.
La duda es un terreno donde crecen mil flores blancas.
Huelen a viento, a agua de torrente, a mañanas de invierno.
Allá o acá, todo da igual.
Los instantes son frágiles como la línea que se traza en mi nuca.
No tengo otra paz que la de estar viva y saberlo.

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