jueves, 19 de marzo de 2009

Emma Bovary

Madame Bovary se desperezó cuando el sol apenas salía por el horizonte de Yonville y pensó que era una delicia despertarse así. Permaneció entre las sábanas y las mantas mientras su cabeza saltaba ya en el césped verde de la campiña cercana. Yo no pedí nada, se dijo y recordó que la primera cena fue un hecho comunicado a posteriori. Yo no me metí en ningún lugar donde no me abrieran la puerta, agregó. Yo continué diciendo tu casa, se repitió. Yo no tengo una existencia triste, murmuró en voz queda para no ser oída por nadie más que por ella. A ver si ahora yo vengo a ser la que se impuso ante una muralla infranqueable que resistió. Esa que había sido relatada la noche anterior no era la Emma que todos conocían. No era la que ella, al menos, sabía que era. Debajo de los acolchados, su corazón trémulo se estremeció y deseó desechar la sensación. El sol subía por los fríos cristales y afuera la nieve tapizaba las calles de la ciudad. Los copos eran una cortina blanca que aletargaba la tristeza de ser madame Bovary y confundía las pulsiones en la hondura profunda de su cuerpo: el cuello descansaba lánguido sobre las almohadas con fundas de plumetí azul. Estornudó y se sonó la nariz sin necesidad de fingir ningún resfrío, cosa que ella no había hecho nunca porque jamás tuvo necesidad: era tan fácil decir lo que deseaba. Lo que no podía, lo que nunca podría entender, era por qué siempre recibía un castigo por hacerlo. Parece ser que el deseo, o al menos su expresión, cuando no coincide con el de los otros, es algo, Emma, que no merece siquiera una nota al pie de página Y te quedaste sin postre hasta que termines todo tu plato de polenta. Ya sabés, nena: es relato de libro, Flaubert dixit, y te mató con veneno de ratas para no verte sufrir. Y después él mismo dejó de existir...porque, ya sabemos, madame Bovary, dijo él, soy yo.

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