sábado, 28 de marzo de 2009

Todos nos vamos quedando suavemente dormidos, pero yo sueño con cataratas de colores azules y con gotas de añil que se expanden al filo de los verdes; yo sueño con aroma a café en tazas blancas y un poco de pan tostado apenas con cucharadas de chorreante mermelada de cerezas negras; yo sueño con la textura suave del algodón sin motas ni nada en que mis dedos se detengan; yo sueño con el sonido de los libros que se abren por vez primera y de la pluma que rasga la hoja gruesa del cuaderno; yo sueño con el sabor suave y ácido de los yogures frutados rozando mi garganta hasta llegar a mi violento estómago. Todos nos vamos quedando suavemente dormidos, pero yo corro hasta agotarme en mi mente donde las calles, todas, conducen sin fin hacia metas infinitas que coinciden prodigiosas con el punto de llegada y me caigo agotada sobre las plantas húmedas de mis pies y mi vientre se alisa en el mar de todos los perfumes que vaporizan el aire de la noche de otoño, calurosa y oscura. Estamos todos al borde del murallón, dispuestos a saltar para hundirnos en la frescura marina de las aguas y emerger con los cabellos llenos de algas verdes; pero yo sola salto y mis piernas me impulsan más abajo, adonde viven los corales brillantes que me olvidan en su cuna de oxígeno perfecto. Todos tenemos nombres, pero yo quedo anónima en todos los recuerdos que consigo para seguir viviendo.

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