domingo, 5 de abril de 2009

Nausicáa

Cuando Nausicáa, hija del rey de los feacios, vio al náufrago, desfalleciente, casi muerto y arrojado en la arena, supo que era él. Llevaba en su frente sucia todavía la marca de su isla y las señales de su mujer. Su corazón de princesa triste tembló porque reconoció los cándidos brazos del amor.
De golpe se chocó con los dioses que la mezclaron en los goces que inundaban el alma con la agridulce pócima del deseo. En una ampolla de oro la bebió sabiendo que él era el marino que Penélope aguardaba desde hacía ya veinte años, que él era el vencedor de la guerra y que Telémaco, su hijo, navegaba los mares argivos buscando reconocer su sangre para que habitara en su alma la fortaleza y el valor y el recuerdo vivo de su padre querido.
Con una mano vacilante apoyó los dedos en el hombro salitroso del hombre y supo que ahora era otra la que lo habitaba, que a ella le tocaba permanecer para siempre en Feacia y que Ítaca era el reino de la otra felicidad.
Sola en la playa de arenas indecisa pensó que no era Penélopey que no sabía tejer ni destejer en las noches de luna porque los hilos eran nudos que acogotaban todo el futuro. Pensó que no conocería nunca el amor sino sólo relatos que se trenzaban en el telar helado del dolor.
Se quedó sentada en una roca viendo partir la nave que la llevaba con ella, a su propio reino, que no era dulce para ella. Se quedó con todas las palabras, con todos los abrazos, con todas las angustias y no hubo mano viril que fuera capaz de calmarlas pasando para cavar una línea de luz en su cintura.
Era Nausicáa, la de pálidos rizos, y miraba partir la nave que cortaba las olas y que lo transportaba en medio del mar estruendoso hacia su reino donde Penélope le daría más hijos y una casa donde sonaría su canción.

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