jueves, 16 de abril de 2009

Historias repetidas

Después todo se quema. Entrás en la quietud de mi noche para decir lo que te venís repitiendo hace días. En ese instante supe cómo era caminar por el helado fuego de una cornisa que encerraba los días para matarlos. Los hombres son seres tan extraños: no pueden comprender el placer de la soledad ni la necesidad de la tranquilidad si ellos no están. Inventan las historias que desean escuchar. Y después todo arde en una hoguera fantástica que lo quema todo con su gélida silueta. Ya todo se incendió y en los campos los animales huyeron espantados bajo la luna roja. Llueven brasas en un balde de agua. Todo dice que no. Voy a tomar un té con leche para que ceda la hora y los teros inunden la playa al atardecer. Voy a ducharme mientras el agua rueda por mi vientre y mi cintura desde mi nuca frágil. Voy a pensar que ya dije lo que debía decir. Voy a mirar hacia el frente por donde sale el sol. Voy a escuchar cómo zumba el día que va creciendo en los resquicios de la noche que se va. Voy a decir que estuvo bueno y ya. Siempre llega el día en que una dice que acaba de pasar una ballena surcando el océano donde voy a naufragar otra vez. Necesito peces blancos con el lomo azul de tan veloz. En mi mano crecen algas y las veo enredarse una y otra vez. Ya todo terminó: el amanecer es verde y sabe a granada: grano por grano se abre en un jugo espeso y rojo hasta el atardecer.

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