viernes, 10 de abril de 2009

La gare de Lyon

A las 17 y 45 de un día caluroso dejaré París y subiré a un tren que, en tres horas, se tragará el camino que conduce al sur. Pediré ventanilla para ver las ciudades, la campiña y los franceses que vayan por allí. Me tomaré un café con alguna magdalena para pensar que soy une jeune fille en fleur y me espera Marcel en algún rincón de mi memoria. Se harán las veinte, casi las veintiuna y el tren me depositará en la gare St-Charles con el corazón como una aguja palpitante clavándose en medio de la garganta. Y allí estarán: Pablo, alto y flaco, y Maïa, tímida al comienzo, mirando a todos los que vienen de París. Nos abrazaremos y recuperaré el perfume de la infancia en la calle Bucarelli, los juegos en la vereda de Plaza y la torta de manzana de todos los cumpleaños. Hablaremos en español para sentir que estamos en casa y veré el Mediterráneo por donde Odiseo buscó a Penélope enrededado en las piernas de Calipso, por donde Eneas abandonó a Dido que se murió de amor. Será un perfecto presente como una piedra engastada a la que pule el viento, una cuna para mi corazón que está cansado y tonto y no puede dejar de llorar. Será como decir que he regresado a los viejos orígenes: mis libros, mi sangre, mis deseos. Estaré bien y volveré a mis ojos que estuvieron cerrados mucho tiempo y no pudieron ver.

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