domingo, 26 de abril de 2009

L'après-midi d'un faune



Faunos a la hora de la siesta.
Justo justo después del almuerzo que no suelo tomar.
Faunos favorecedores en los bosques umbríos de los sueños, esa materia espesa que se resiste a la racionalidad.
"Paniskoi" de las silvas sagradas, medio "tragos" de cabezas cornadas, son portadores de una verdad sagrada que me empeño en no oír.
Mejor dormir en su húmeda compañía salvaje a andar buscando significados a las palabras divinas que terminan siendo burlas para castigar mi "hybris" que no cede jamás.
Entre mis sábanas de ninfa a mediodía los faunos cantan mientras me río entre sueños y a carcajadas en los olivos perfumados de una época que nunca quedó atrás.
Alguno que otro se ovilla con su aroma caprino en los tejados mojados de mi lecho y lo cubro con impaciencia infinita como si sólo así una pudiera conocerse a sí misma tal como ellos murmuran entre sí.
Alguno que otro mordisquea la línea curva de mi columna y me habla en el oído para que oiga cuáles son las verdades que debería escuchar.
Hay ruido a sonrisas, a mares azules, a cielos esmaltados, a trigos ardidos bajo el sol, a peces tostados y almendras oscuras, a vino dorado y a cuerpos rozados una y otra vez.
Los naranjos se llenan de azahares en la siesta con los faunos y soy arrojada una y otra vez contra la muralla de mis propios deseos y mi imaginación.
Cuando despierto, la casa está en silencio y un ligero perfume a líquidos salvajes y sombras se disuelve en el aire.
Ahora ya lo sé: iré a Grecia y dormiré en las playas perdidas del origen.
Seré cada vez más yo.

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