martes, 21 de abril de 2009

Mare nostrum II

Desde acá lo veo, azul turquesa como en los días de sol. Mi madre me dice que preste atención a los guisantes en vez de estar mirando cosas que nadie ve. Pero yo sí las veo, yo sí huelo su aroma cargado de yodo índigo y oscuro, yo sí siento la caricia fría de sus brisas aspadas, yo sí percibo su sabor salitroso entre mi lengua y mi paladar. A mi lado mis hermanas hablan en un murmullo continuo en el que no alcanzo a distinguir ninguna palabra; pero oigo con claridad atormentadora el sonido de las olas desguazadas sobre la arena blanca. ¡Los guisantes!, grita mi madre y la fuente rueda de mi falda al piso desparramando en una catarata incontenible miles de pequeñas piedras verdes. Siento sobre mi nuca desnuda los ojos de estas tres mujeres que no ven en mí más que la que no sabe lo que hay que hacer. Mi hermana mayor resopla y ruge algo así como que conmigo siempre es igual. Me arrodillo con los ojos arrasados de lágrimas para juntar la carga esparcida y mi hermana mediana grita que no la vuelque en el cuenco si quiero que nadie muera de alguna intoxicación. El aire se carga de irritación y tengo deseos de pisotear los guisantes para que nadie grite más. Lenta, como en una representación, me levanto para tomar un plato en el que colocar las legumbres. Una por una levanto cada grano y los lavo en el grifo abierto. Como si nos sobrara agua dulce, exclama mi madre y toma los guisantes. Me quedo de pie con la vista clavada en la ventana que da al mar. Mis lágrimas saladas mojan mis mejillas de arena clara y mis ojos verdes se estiran hasta el horizonte que no alcanzan a distinguir. La cocina se queda en silencio y nadie grita más. Pero yo ya no estoy allí. Me he subido a un barco de olorosa madera de fresco untando en brea que alguien pintó con pintura amarilla y unas extrañas flores rojas que son, con seguridad, amapolas rojas con sus velludos tallos negros. Un viento repentino de tragedia clásica llena las velas como aquella vez en Áulide cuando la diosa, ofendida, exigió la sangre de la hija de Agamenón. Mi sangre tiene color de guisante verde y el viento sopla con los carrillos hinchados de dolor. Van desapareciendo las casas tragadas suaves por el mar.

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