sábado, 18 de abril de 2009

Mare nostrum

La marea pega contra la empalizada de mi ciudad. Una y otra vez. Pero nada puede derribarla. Me encaramo en la muralla para mirar desde allí quién osa anclar su nave llegada desde puntos lejanos con su vientre repleto de aromas y colores. Me deslizo en los resquicios de espuma y en las cenizas saladas para ver y se despiertan en mí mis ansias de viajar entre esas maderas que crujen empujadas por las aguas. Pero soy mujer y la marinería, en estos días, es cosa de hombres que beben hasta caer dormidos en las tabernas del puerto. A las de mi sexo nos han confinado en las diversas estancias de la casa. Quien más quien menos ha pernoctado en el lecho del cuarto principal, a la orilla de los fogones, en la sala de banquetes o junto a la cuna de los críos. Adentro todo es húmedo y cálido hasta la sofocación. Pero el mar es otra cosa. Este al menos: no puedo imaginar si habrá otros y cómo serán. Este tiene un viento frío y denso, cargado de olores a plumas, a caparazones de nácar, a escamas de peces. Este sopla azul refregándose contra las pupilas de mis ojos y me trae relatos de marinos en busca de sus islas, de diosas que convierten a los hombres en cerdos y de ninfas que prometen la inmortalidad por una noche de amor. Pero yo soy mujer mortal y no puedo aspirar a un lugar en las aguas. Ellos dijeron que en el cuarto más apartado deben estar las que todos los meses sangran sin morir. Y allí dedicarse al tejido y a la soledad de la conversación que recubre todo de un brillo del que carece la realidad que es opaca y recia, pero sabe a sal, a sol, a brisa, a piedra, a carne asada con fogatas en la playa para libar a los dioses entre las ánforas de vino dulce que quedan desparramadas en la arena blanca. Dicen que más allá, del otro lado caluroso de esta costa, una reina se arrojó a las aguas por el amor de un hombre que debía fundar una ciudad. Yo creo que no fue así, que ella quiso treparse a su barco cuando vio las proas enfilar hacia la línea turquesa del horizonte, loca de deseos de viajar. Yo acabaré igual, hundida en las aguas de este mar, nadando contra las mareas que nunca querrán llevarme más allá porque soy mujer y el mar, esa masa salada de aguas incadescentes, también lo es. No desea rivales, sólo hombres que penetren sus surcos con el filo de plata de sus naves, sólo hombres que la fecunden con su simiente calcinada para hacerla fructificar en medusas violáceas, en pulpos diminutos y carnosos devorados bajo una luna atroz. Ahora escucho los rumores de las olas en las caracolas destrozadas y tengo deseos de ponerme a llorar porque jamás alcanzaré la costa donde dicen que habitan pájaros verdes de grandes picos negros, porque oigo a mi madre llamarme para que regrese a sentarme a la vera del fuego -ese burdo sustituto del sol- a pelar guisantes para la cena que mi padre tendrá sobre la mesa cuando él disponga sentarse a cenar. "Ya voy", le advierto y sé que un día me revelaré.

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