sábado, 11 de abril de 2009

Más café



Toc.
Ups.
Otra vez.
Se revolvieron los pájaros de la azotea mientras el sol entraba por la ventana.
Dale. Ahora levantate.
¿Ahora?
Sí, la noche ya se fue y vamos a hablar. Hago café. La taza blanca para mí. Todo para mí.
¡Qué cosa la cosa!
Sopita de camarón.
¿A esta hora?
A cualquier hora y más ahora que el viento ha comenzado a soplar y amenaza con limpiar todo con su soplo de fuego.
¡Dale! Si viene el frío... y más acá, cerca tan cerca del río. ¿Y la azotea?
Llena de enredaderas y yo atrapada en el centro y tiritando de calor con los ojos del sol en mis ojos y el bretel se me cae con tanta risa.
¿Y la azotea?
Seca y la ropa bailando. No voy a hablar.
¿No querías hablar?
No, ahora no. Mejor tomemos café y vayamos a dormir con el sabor en la boca. El sol entra por la ventana y los aviones pasan sobre las avenidas. A lo lejos. Sopita de camarón. Para este rato. Para más tarde o más temprano.
¿Ahora?
¿En otro momento?
Nadie dice que no.
Bebamos café.
¿Y la azotea?
Se soltaron los pájaros y vuelan bajos como aviones en la avenida que bordea los lagos.
¡Sh!
No hablemos de lo que no se dice porque no siempre es mejor hablar de ciertas cosas.
¡Qué cosa la cosa!
¿Cuál?
¿Así?
Sí, así sí. Y así también. Después no sé. Intoxicados de furor vuelan los pájaros y yo quiero escribir.
¿Por qué no?
Decí.
Sí, digo.
Hay un mapa de sangre.
¿Hay?
Claro, cartografía nueva en las viejas comarcas. Un bondi a Finisterre. Yo voy. ¿Venís?
Esperá que termine el café.
Dale. Cerrá con llave cuando salgas. No vaya a ser que llueva y se mojen los cuadros y los papeles.
Total, en un rato volvemos, ¿sí?
Y yo hago más café.

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