martes, 28 de abril de 2009

Abelardo y Eloísa




Dicen que ella no quería que le hablaran de amor. Sólo de la sustancia y sus nombres. Sólo de la verdad y el motor primero que él solía decirle que eran las manos con que la rodeaba en las noches heladas de París. Ella tenía la soberbia de los diecisiete cuando el mundo es algo que cabe en las palmas, y él era la más brillante cabeza de la École. De la admiración intelectual a la pasión de las pieles cabían cuatro pasos. Ella los dio porque sabía, quizá más que él, que nada hay más allá y que eso basta para ver una luz dorada y suave de perfumes cayendo como olas en la ciudad. Ella sabía, quizá más que él, que el amor es una palabra abarcadora tan sólo de los cuerpos entrelazados porque no hay otra verdad que no sea ese lugar para que el alma halle su motor inicial. Y se entregó Eloísa a la pasión spinozianamente, aceptándola para volverla inteligible e inteligente en su comprensión. Realizada en sí misma, expandida en su máxima utilitas, supo Eloísa en manos de Abelardo qué era la vía pasional del conocer, fuego de la mente en el centro de su cuerpo, nunca más dimensión individual estrecha en el marco del in se. A su costado, mientras volvía de la sed, oía la voz futura de Baruj susurrarle que hay un amor intellectualis que desmiente la conocida máxima de que las pasiones son energías incontrolables y cometió así el error de suponer que las distancias y los tiempos se borraban y el episodio individual se transformaba en un conjunto infinito capaz de reproducirse analógicamente ad infinitum.
Volveré esta vez a Pére Lachaise, Eloísa, y te avisaré para que no repitas otra vez el error: el amor no implica del todo el sacrificio de sí; sino, más bien, la más profunda autoafirmación.


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