viernes, 24 de abril de 2009

Terapéutico (Septiembre de 2006)

Los peces nadan en la acuosa corriente.
Hacia arriba.
Siempre hacia arriba.
Tienen aleteos sorpresivos
que hacen temblar sus diminutas escamas azules
y el agua se llena
entonces
de ondas traslúcidas y claras.
Suben por túneles rosados
al encuentro de su propia vida,
del fragmento naranja
que los complete
para ver la luz
en la plena oscuridad de ese cuerpo.
Sus cuerpos de peces diminutos pulsan el aliento
que los expulsó,
la gran ola en que se sumergieron huele a yodo
y hay espuma en las tibias orillas
que los oprimen
hasta llegar para dejar de ser ellos
y unirse
en la redondez profunda de esa yema
que es casi un sol
y los atrae.
Hay uno cuyo cuerpo irradia reflejos tornasolados:
verdes,
bordes amarillentos,
pedazos de mares,
fragmentos blancos
y
súbitos matices enrojecidos.
Y allí lo espera la mansedumbre de una laguna
hecha de tierra clara
diluyéndose en barros primigenios.
Y se hunde,
la penetra,
deja su materia indisoluble
para fundirse en la crepitación del amor
que consistirá
en dejar de ser pez para volverse otro cuerpo
pura agua y fragancia.

Pero era roja la tinta de sus sangres.
Y caía como gota
hacia abajo
siempre hacia abajo
donde el futuro tenía color de muerte
y naufragó en el océano del silencio
porque era imposible que pensara la luz,
la oscuridad era del agua submarina que no reverberaba.
Ya se sabe:
los peces de mar
mueren boqueando en aguas dulces
ante la ausencia prolongada de la sal que los nutra
como si tanto color se les clavara en la carne como aguja
y no pudiera ser.
Nunca pudiera ser.

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