jueves, 30 de abril de 2009

Un hilo

Las palabras se enhebran en un hilo y me rodean dando cinco vueltas alrededor de mi cadera que es una copa de marfil en la que se juntan las lluvias calurosas de otro otoño como en un vaso vuelto de boca en el piso mojado de la azotea donde las Santa Ritas -tan portuguesas ellas- se han llenado, desorientadas, de flores carmesíes. Las palabras evocan barcos cargueros, estancias en islas caribeñas, páginas escritas y suben por mis rodillas como si fueran arañas veraniegas y blancas. Las palabras son hilos al laberinto delgado del vientre donde se han perdido tantos varones ilustres. No hay puertas que se batan con el viento; sólo ventanas por las que la lluvia entra en ráfagas inquietas de aromas que se intuyen, que se desean, que se temen, que se resisten. En el manual gramatical lo dice: los verbos modelo son tres: amar, temer y partir, escuela insidiosa de vivir. Las palabras me sujetan los tobillos y espero más: mi boca es una cueva generadora de milagros. Sólo aguardo el eco de hilos que se agitan en el viento crepuscular de cada día. Son tan sólo palabras, nada más que palabras las que inquietan la superficie inquieta de mis aguas. Salada y honda me sumerjo en el océano denso de sus sonidos y salgo empapada de significados olvidados ille tempore.

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