Andrea Prieto

No hay mucho tiempo para quedarse. El subsuelo del Abasto tiene un bar cálido y color naranja. Andrea y yo charlamos. Al principio es raro porque, bueno, ella y yo no hemos estado jamás solas y hablando. Vamos desgranando temas, uno tras otro: los hijos, los hombres, las amigas. Al final, nos prometemos otros encuentros y la inauguración de una amistad. Tomamos juntas el subte y, al bajar, tengo el impulso de mandarle un mensaje para agradecerle la generosidad que le brilla en los ojos. Ella me gana de mano y yo viajo contenta. He comenzado un camino hacia su corazón de amiga y eso siempre es un buen motivo para la felicidad.

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