domingo, 17 de mayo de 2009

Confetti

Han comenzado a volar papelitos desde el cielo.
Globos.
Y serpentinas.
Camino en puntas de pie para no despertar a los monstruos.
Y los papelitos vuelan como plumas como nieve como pájaros como alas.
Vuelan como mis ojos que flotan áereos en mi sangre que se ha vuelto liviana como una tinta líquida con la que debo escribir cien veces que no interesa repetir cada vez otra vez las palabras para que sean ciertas.
Todos vigilan alrededor para evitar que me estallen las burbujas en las manos.
Vuelvo a servir el té en tazas de porcelana con margaritas amarillas y la infusión sabe a sol a brisa a agua de montaña a trébol a tallos erguidos como pestañas.
Así funciono siempre: funeral y confetti.
Deberías saber que cuando pienso hay que alejarse para no morir en mi ensimismamiento.
Mi soledad es una manada de fieras en un claro selvático y nadie debe acercarse porque, a esa hora, ellas aún no terminan de almorzar.
Después, sólo después, vuelan los confettis desde el cielo y mi cuello se derrama en manos ajenas y sonrío, amistosa, a las primeras alimañas que se descuelgan por el ventanal.

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