sábado, 9 de mayo de 2009

Conmiseración

Nissa había sido elegida para sobrevivir, seleccionada como la única de la familia que merecía la vida. Habían visto u oído algo en ella, algo que no era sólo salvajismo y violencia, y por eso sobrevivía. Estoy viva porque ella quiso que yo cantase.
Salman Rushdie

No.
No tengas conmiseración de mí.
Yo estoy viva.
Cada día que pasa, me levanto y estoy viva.
Cada día me propongo estarlo.
Abro los ojos. Palpo mi vientre plano como una llanura, mis caderas con huesos de cristal, mis piernas. Mis pies se frotan entre sí y mi cuello se reconoce sobre las líneas de las clavículas. Me estiro y desperezo. Salgo del nido donde paso la noche y veo la luz de un amanecer que aún no ha despuntado; pero intuyo, húmedo y fragante. Oigo el silencio de la casa y me estremezco. Dejo caer la lluvia sobre mí y estoy viva. Mi piel está viva. Lo están todos y cada uno de mis poros.
No.
No tengas conmiseración de mí.
Cuando desayuno, cuando camino por la calle en sombra de cada madrugada, cuando viajo a las tareas que realizo porque las elegí, cuando me río en el aula, cuando me enojo, cuando me abrazan y soy abrazada, cuando regreso, cuando veo el sol como pedazos de colores naranjas, cuando huelo el café, cuando hago el amor, cuando me comunico con los afectos que me esperan lejos, lejísimos de aquí, cuando escribo compulsiva y metódicamente, cuando hablo hasta la risa con Cecilia, cuando me vuelvo a dormir con el gato ovillado a mi lado, yo estoy viva.
Siento crecer mi corazón como una morada donde cada día acude más gente. He mostrado mi fragilidad en los días difíciles y mi fortaleza para colaborar cuando son los otros los que se ven caer. Me han protegido mucho y he cuidado también. Bebo la copa que me ofrecen y alcanzo el tazón que cura el mal.
Claro que tengo mis penas, ¡quién no! Pero, a esta altura, convivo con ellas y no me lamento por la porción de desgracia que me ha tocado, que, al fin y al cabo, no ha sido tanta ni ha sido siempre.
No me lamento por nada porque he tenido la suerte de poder elegir: mi trabajo, mis hombres, mi maternidad, mis amigos, mis hermanos, mis libros.
Alguna vez pené por mi familia. Hoy sé que es una cuestión ineludible con la que ya no tengo dificultad: amo el recuerdo de mi padre que me sostiene a lo largo de los tiempos. Lo demás es lo que me ha tocado en el reparto de bienes y acudo a sostenerlo con la eficacia voluntariosa con que hago lo que debo hacer.
No.
No me tengas conmiseración.
No hay por qué.
Mi vida ya dobla su camino, ese regreso en que se comienza a descender y, sin embargo, todavía me dura la sorpresa, todavía me ampara la inocencia, todavía me tiemblan los párpados y me estremezco ante lo que se viene por vivir.
A veces pienso que cuando mi padre se fue y mi madre se entregó a morir, yo, en ese vientre que más me expulsaba de lo que me amparaba, yo ya había decidido vivir. Y así nací, entre pulsiones, con el cuchillo entre los dientes: tanathos materno y eros para seguir y seguir.
No.
No me tengas conmiseración.
Soy una sobreviviente empeñada en la oración cotidiana de la alegría cada vez más.
Cada cual que mire su quintita: la mía está sembrada de lavanda y Santa Ritas y tiene aún un largo sendero para transitar.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...