jueves, 14 de mayo de 2009

El ruedo descosido

Hace frío a esta hora de la noche.
Burbujas de jabón en la bañera.
Y el vapor va creciendo en el lavabo (¡Bonita la palabra que escurre por sí misma toda el agua!)
Froto la piel con perfume de manzanas acarameladas y de invierno.
Canto.
Voy a cantar en todos estos días hasta que todos se harten de escucharme y me rueguen que, por favor, me calle; que, por favor, me vaya; que, por favor, haga lo que yo sé hacer -que no es cantar, sin duda-.
Van a decirme nena, muchas veces, hasta que se me llenen los oídos con las letras.
Y yo meta la cabeza en el agua hasta que salgan globos y saque afuera el aire y ría, mucho y siempre hasta en los sábados oscuros de pelea.
Hace frío y me muero de risa frotándome las piernas con espuma y la cintura en sombra mirándome al espejo.
¿Quién eras vos? Ya ni recuerdo: sólo las burbujitas de jabón para mí que quiero ser Bellota y tener los ojos verdes y el cabello mojado y pegado en mi nuca humedecida ahora.
Siempre la inadecuada, la impresentable, la que no hace nada de lo que debe hacerse, la que mira de abajo -sí, de abajo y te hiere de arriba-, la que tiene cuello de cisne y vientre de tierra negra, la que es madera y agua y fuego, la que es silencio y boca que besa y atraviesa. Siempre en otro lugar, siempre partiendo y partiéndome, siempre con el alma encendida y quemada. El ruedo descosido, sujeto con algunas puntadas y un corazón de lentejuelas brillando a la luz de la luna helada.
No hablo por teléfono.
No escribo cartas.
No bebo vino.
No contesto pavadas.
A veces me encierro en las paredes de mi cráneo y allí alimento vientos que salen como negras tempestades mientras alguna mano me entibia la espalda poblada de mariposas verdes.
En el aro violento del espasmo, cuando se quiebra el arco de mi frágil columna expulso los miedos de mi historia (no soy imprescindible ni un desecho en el tacho) y veo las gotas jabonosas del lavabo (¡Qué bella, bellísima palabra!) que indican abluciones de naranjo y de menta. Me sumerjo otra vez cada vez y todo va quedando lejos, instalado en un reino de sirenas fatídicas y procelosas reinas. Yo soy de barro, de aires cristalinos, de aguas turbulentas. Inadecuada siempre y con los ruedos arrastrándose de puro descosidos que los tengo.
Que sea con salud, digo y me hundo en el agua gozosa de la tina.
No me esperes porque iré a dormir en mi lecho de hada hasta que vuelva el alba y el frío me erice la piel con carámbanos de limón escarchado. Beberé una taza de café entre mis sábanas, voces de colores repetirán mi nombre y oiré su magia, otra vez, cada vez.
En mi reino hay agua, troncos ahumados y piedras calientes bajo un sol estampado en las manos.
Yo soy la inevitable monarca de estas tierras en donde sólo entran los que están designados por un solo destino: el que yo escribo con tinta clara en un fino cuaderno.

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