lunes, 18 de mayo de 2009

La escuadra de madera

Yo tenía escasos once años y él, otros tantos. Estábamos juntos en séptimo grado y yo dibujaba con mis lápices de colores desparramados sobre el pupitre. Algo debo haber dicho o hecho o quizá él manifestó sus emociones como suelen hacerlo los varones en esa etapa: le dio una patada a mi banco y todo saltó desparramado por el aire. Yo reaccioné como lo haría en los años subsiguientes: primero la acción, después la reflexión. Así que agarré una escuadra de pizarrón - de esas grandes de madera - y se la partí, literalmente, en la cabeza. No sé bien qué grité (debo haber gritado) o qué me dijo él; la cuestión es que nos bajaron a los dos a la dirección y nos retaron. Antes o después de esto, él me dio mi primer beso en el balcón de una casa en la calle Virrey del Pino, como a una Julieta digna de semejante Romeo. La vida nos soltó y no supe nunca más de él, hasta que un día, como once años más tarde, en el ascensor de mi casa de la calle Paraná y Marcelo T, un hombre pelirrojo me dijo : -"Yo te conozco." Y era él. Hablamos el corto viaje que me depositó a mí en un octavo piso y a él no recuerdo. Era una de mis etapas difíciles y, con seguridad, debo haber sido poco amable y menos simpática. Pero, bien dicen las abuelas que no hay dos sin tres, y el sábado pasado apareciste titilando en la pantalla de mi computadora mientras yo lidiaba con la descripción fonética. Hablaste de aquellos días y, por supuesto, recordabas el beso; pero no la escuadra. La memoria es un bicho curioso y esquivo. Hablé yo de la escuadra y el beso y un sinfín de recuerdos me crecieron en cuerpo de sonrisa. La vida es una espiral incrédula y sorpresiva. Siempre.

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