sábado, 13 de mayo de 2000

Lobos en la tormenta

Por definición , las tormentas no duran. (Déjanse de lado los casos de Noé, Deucalión y otros parecidos, en los que la lluvia se extendió bastante aunque no de manera infinita.)
Algun día, alguna tarde, alguna noche; el cielo se abre y deja de caer agua.
La gente se divide entre la que cae y la que deja caer.
Todavía no sé bien en cuál grupo colocarme.
Las últimas gotas me mojan con su fuego heridor, pero no pienso soltar la presa de mi existencia.
Soy una frágil rama fuerte que no se quiebra así nomás.
Afuera pueden aullar los lobos a la luz de la luna y bajo el agua.
Yo aúllo más alto que ellos.
Nadie me va a intimidar.
Todos mis caminos conducen a París donde me esperan lobos mansos que comerán de mi mano generosa y caliente.
Aquí, ahora, la lluvia amaina y el frío se insinúa como una transparente posibilidad.
Deseo que me escuchen los inundados que anidan en mi alma: siempre que llovió, paró; así que ya saben: sólo se trata de esperar.

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