lunes, 4 de mayo de 2009

Madrugada

Madrugada diminuta:
una piedrita azul con vetas casi traslúcidas y verdes,
un suave humo con aroma a sándalo rosado,
una línea fina de sol que se promete,
pedazos de perfumes como torrentes insólitos,
una voz en el aire con campanas de estaño repicando,
mi piel debajo de la lluvia,
gotas de hielo tibio estrelladas en la superficie del vientre,
olor a tierra negra,
pétalos gruesos de magnolias desparramados en el viento,
un camino que baja desde cuello violento hacia el suelo,
un teléfono suena,
una taza de loza se rebasa de agua caliente,
platos de dos en dos sobre la mesa de caoba,
cucharitas de plata esmaltada y naranja,
una risa a media, todavía dormida,
un día embarazado de promesas,
a esta hora todas buenas las horas,
cinta sin fin de melodías y palabras,
no hay agonías cuando salgo al silencio de la cuadra que aún no ha comenzado a estrenarse:
mi corazón es una piedra saltarina

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