viernes, 22 de mayo de 2009

Narciso

Narciso se mira en el espejo de su casa. Lindo espejo que lo refleja y nadie más.
No era un ojo de agua, Narciso, era tu espejo que te crea una vez y otras mil más, repetido en copias devaluadas que no te amarán jamás.
Se quedó sólo Narciso con su corte de ninfas huidizas que ni saben hablar.
Yo no quiero ser ninguna otra más que la que soy; así que cerré la puerta tras de mí y lo dejé pavoneándose ante sus múltiples reflejos para tratar en vano de seducirlos. ¡Pobre Narciso, todavía no sabe que los reflejos de quien no se entrega a la vida nunca se dejan seducir!
Afuera el viento sopló mi pelo y trajo aire de lluvia. Me sentí nueva otra vez en una avenida desierta rumbo a la antigua estación. A veces bailo por las calles y esta fue otra ocasión: festejo que estoy aquí y que no tengo espejos para seducir.
Cuando Narciso llame, decile que me fui a tomar un tren hacia la nada y nunca voy a regresar.
Y si se lamenta o grita o desespera, decile que no se ahogue, que no vale la pena porque siempre hay otros espejos a los que todavía puede recurrir.

1 comentario:

Lucía dijo...

mmm... no vale la pena jugar el juego de Narciso. Está tan perdido en sí mismo, que no puede encontrarse con otro.
Después hablamos.:) Te adoroooo, Jujuliii.

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