El otro: ese fantasma

Tenía los ojos más grandes y más verdes y más tristes mientras contaba como si no tomara nota de lo que iba diciendo y yo trataba, en un esfuerzo denodado por ser sabia, de no decir nada que fuera inapropiado. Después, unas horas más tarde, quise gritar recordando la pupila espejada y me largué a llorar. Era un desierto de dolor en aquella mirada solitaria y desnuda, un páramo en el que se anegaron todas las esperanzas esperables y las que aún ni siquiera existían. Quise tomarle la mano y para que fuera conmigo adonde nada pudiera hendir su corazón; pero sabía que no era aconsejable. Así es la vida: caer siete veces y levantarse ocho y nueve y diez si fuera necesario. No es cierto que nada se arregla y dura siempre. La verdad es que todo se arregla, pero nada dura lo suficiente. Uno se curte a fuerza de tristezas en los ojos más grandes y más verdes. No hay falta en esa magnitud de la agonía: la falta fue del otro.

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