miércoles, 17 de junio de 2009

Imperativo


Quedamos del otro lado del vidrio y espejos de colores giran sobre sí mismos proyectando relámpagos azules.
Escribo con tinta indeleble para que quede grabado en nuestras pieles.
Habláme hasta que yo me agote de escucharte.
Habláme de tu vida, de tus sueños, de tus oscuros miedos, del perfume profundo de tu cuello.
Contáme cómo era el mundo cuando yo no sabía todavía.
Adormecéme con palabras para que deje de pensar en las rutas que mueren en la nada.
Rozá mi piel para que crea que será para siempre aunque mi cerebro lata como una estrella en medio del vacío titilante.
Abrazáme para que no me toque el viento helado del invierno.
No me sueltes antes de que yo huya.
Hacéme bailar en el borde de mis propias cornisas, pero sujeta bien sujeta para que nunca me despeñe en las sombras.
Y decíme -en el oído para que yo sola lo oiga- que ya va a pasar, que no se me quemará la casa ni la historia, que me sobrevivirán las memorias de los días pasados, que debo nadar en contra de la corriente de los ríos estériles para llegar otra vez allá arriba, eterna y desnuda al sol.
Pintáme dibujos en el cuerpo delgado para que sepa recorrerlos cuando vuelve la hora de los miedos.
Cantáme en medio de la boca que me comiste a besos para que yo pueda entonar esa música cuando parece que no amanece nunca y la cara de la muerte es eterna.
Encendéme los ojos una vez más...
A mí no me importa ninguna otra cosa de verdad.

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