jueves, 11 de junio de 2009

La madre de todas las batallas


Puse la valija en el piso y Troya, la de las altas torres, cayó quemada por los fuegos argivos.
De una esquina del cuarto salieron los frigios con sus refulgentes armas y sus largas glebas mientras los mirmidones hacían pie en mi cama. Por el aire arrojó Atenea mis peplos de colores delicados y le gritaba a Afrodita que se dejara de joder con su querido Anquises que acá, ahora, había una guerra. El Átrida aullaba a su costado trepado a mi montaña de almohadones y, en el borde helado de los vidrios, el Priámida Héctor era como una Erinia vagando en las tinieblas del recuerdo.
Alcancé a musitar, lo recuerdo, quiero irme de viaje, quiero armar la valija, comprar las cosas que me faltan, guardar los mapas. Pero el flechador divino me apuntaba el centro del cerebro mientras su hermana pretendía que yo le abonara, al contado o en cuotas, los ciervos sagrados que decía le venían faltando. El astuto Odiseo me contaba, acodado arriba del ropero, sobre un caballo hueco que pensaba que haría furor en la batalla y la divina Helena se revolcaba como una perra en celo en los brazos de Paris o Deifobo, no pude distinguirlo. Atrás Ayax Telamonio me explicaba que ya la guerra lo tenía harto mientras, disimuladamente, iba sacando de la valija cada cosa que yo había guardado.
¡Basta!, grité.
¡Basta! Y todos me miraron. ¡Es sólo un viaje pequeñito! Y me senté a sollozar en el borde del lecho. Los frigios se ovillaron a mi lado, el hijo de Peleo halló un sitio en mi cuello y todos se calmaron.
Pero yo no les creo. En cuanto me descuide, todos estos me incendian la valija para que no me vaya. Así que los vigilo como Argos, con cien ojos. No vaya a ser que encuentren el pasaje y lo extravíen a propósito.

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