lunes, 15 de junio de 2009

La mujer pájaro



Cuando rozó la línea de mi hombro con sus yemas redondas musitó que yo estaba muy delgada. Él tenía los ojos claros, tan azules que parecían de cielo abierto con unas líneas donde el sol se hundía en abismos sin nombre. Muy delgada, volvió a decir cuando su palma se asentó en mis caderas y mi vientre era una clara planicie de piel tibia. Él tenía la boca honda como un pozo húmedo de sombra y me gustaba perderme en el secreto sin fondo de sus besos. Delgada, susurró mientras sus manos asían mis piernas en el frágil perfil de las sábanas aún dormidas y se enredaban en un mundo de perfumes ansiosos. El tenía una nuca recta, como tienen los hombres, donde la luna salía escondida y perfecta. Muy delgada, repitió mientras sopesaba que yo cabía en el hueco de su pecho como hecha a medida para su cuerpo. Yo levanté mis ojos que tenían el color de la selva, el color de la tierra húmeda después de una tormenta y dije, ¿Muy delgada? Sí, indicó él. Me desprendí suave, frágil y delicada de su abrazo. Abrí los brazos y remonté vuelo por su ventana. Otro más que no podía entender que yo era un pájaro.

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