lunes, 8 de junio de 2009

Moyen Age

Hay tanto silencio. Huecos entre mis células donde no cabe ni siquiera un ruido pequeño. Algunas reverberancias de luz se filtran y nacen por las yemas de mis dedos a esta hora en que todos duermen, excepto yo. Hay tiempo hacia adelante y tiempo para atrás: es un círculo que me envuelve y se duplica y crece y me atraviesa. En el agua me vuelvo sirena de escamas brillantes y largos cabellos violetas y nado en las ondas oscuras de mi propia mitificación. Junto a la orilla escarpada las olas transparentes crecen en una orla de espuma perfumada. En medio del silencio nadie se atreve a escuchar lo que oigo yo: apenas se sienten las alas de los insectos frotarse contra sí mismas y un polvo girante se despega para mojar el aire. Tengo los ojos húmedos de té verde y un corazón de mapa donde caben todos los mundos que están a punto de sucumbir. Mis pies cruzan todos los puentes que se lanzan de orilla a orilla del Sena y me detengo a mirar lo que nadie puede ver en París: una luz azul que cae sobre las calles de piedra del Cinquième Quartier y me conduce, otra vez, a las amplias superficies de La Dame à la licorne. À mon seul désir. Me escurro el agua de mis piernas de pies antes de entrar. Ella hace un sitio para mi corazón que vuelve a latir en las penumbras de ese cuarto y yo la veo sonreír.

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