sábado, 20 de junio de 2009

Tarde de sábado en la que ni siquiera llueve

Los días van rodando hacia las horas
las horas van rodando hacia la nada
y queda nada siempre como una sombra oscura.
Después pienso que debería haberme callado
si da lo mismo
todo se repite como una torre altísima de cubos en la que me dejo caer y se estrella en el piso.
Me planteás acertijos que no puedo resolver con los códigos que he aprendido
y me angustio porque yo siempre salgo airosa de todo desafío.
Afuera ni siquiera llueve
-lo cual, pensándolo bien, sería un consuelo eficiente ya que no depende de mí-.
Supongo que debo tomarme la fiebre, hacerme un té y decidirme a dormir.
Mañana es otro día y llega, aunque queramos evitarlo.
Los últimos son últimos todas las veces y no hay promesa redentora que los libere.
Los padres asesinaron a los reyes y nos mostraron la daga ensangrentada para decirnos alguna cosa incoherente acerca de la esperanza en sus múltiples versiones.
No sé bien quién podrías haber sido: creo que no deseo saberlo ya.
Lo que se imaginaba como un profundo territorio de felicidad es una avenida cubierta de buitres carroñeros. Y yo debo pasar.
Pensé en llamar, pero reflexioné y apagué todos los teléfonos e inclusive la luz.
Ahora enseguida comienza a llover.
Ya lo sé.
No me importa porque tengo piloto y paraguas.
Sólo me falta un par de botas de goma.
Ya mismo me las voy a comprar.

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