sábado, 27 de junio de 2009

Un viaje en subte D

a Gustavo F.
Te acercás en medio de todos para abrazarme. Es un abrazo fuerte y sostenido. Igual de chiquitita, decís apoyando tu mentón en mi coronilla. Y te largás a reír. Me separo y te miro. Me dejaste entre Callao y Facultad de Medicina, aclarás. ¿Qué? No entiendo qué decís. El subte D. Era el año 1973, junio de 1973. Hacía un frío de cagarse y me dejaste apenas el subte salió de Callao. Te bajaste en Facultad de Medicina y yo lloré hasta Plaza Italia. Entonces te reíste y comencé a recordar. Me volviste a abrazar, diciéndome vení. Intenté soltarme. Siempre igual. ¿Igual qué, si pasaron ya 36 años y yo todavía tenía 13? Igual de peleadora, igual de terrible, igual de mágica. Ah, digo, ahora saco la galera...Igual de irónica, agregás y los ojos azules se te ponen tristes. Te sentabas al lado de la ventana y yo me pasaba las clases mirando cómo la luz te daba en la cabeza mientras discutías con quien se te cruzara. Sí, agrega otro atrás, te la pasabas en continuo plan de rebelión y andabas siempre con... Se hace un silencio del que yo misma prefiero olvidarme porque ella es una ausencia por la que lloré desde 1976. Pero ahora estoy más tranquila, digo y me largo a reír: el plan de batalla ya no es continuo porque admite ligerísimas intermitencias de serenidad. Vos seguís ahí, mirándome como si yo fuera una aparición. Me acerco y te agarro la mano. No sabés de lo que te libré, digo. Yo no estaría tan seguro, retrucás, me pasé llorándote toda la vida. Uno, desde un sillón exclama, che, ¿no será mucho? Sí, decís sonriendo, 36 años y te soltás. Me quedo parada en la puerta, con mi tapado gris y mi bufanda azul y un sentimiento de culpa que empieza en Callao y, ahora, dura hasta Congreso de Tucumán. Tengo dos hijas, me decís. La mayor se llama como vos. Creo que no puedo soportar semejante fidelidad. Sonrío forzadamente y me saludo con los demás.

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