miércoles, 10 de junio de 2009

Una mujer Klimt


Una mujer de oro.
Transparente y llena de enredaderas de plata azul.
Una copa desnuda y mínima donde quepa la risa a la sombra de las higueras.
El cielo abierto entre las ramas de la espalda fina como un hilo de agua.
Una forma más verde y más suave que la luz.
Un sol que se desplaza sobre el vientre desnudo y plano como la lluvia que cae en la Piazza San Marcos durante las tardes de Carnaval.
Besos devorando la cabellera en crespa tempestad.
El deseo perdido en las piernas doradas.
El amor encendido en el arrebato del corazón.
La voluptuosidad en la fascinación de la belleza áspera y perfecta.
Un mundo femenino diferente con sus demonios de mediodía y sus malignas bocas que todo lo terminan por anudar.
Salir del mundo de los hechos para entrar en el de las formas donde habitan las más secretas realidades de la razón.
Sangre que lleva burbujas con olores salinos y viento dulce.
Una mujer de oro con triángulos de sombra oscura tatuados en la cadera breve en los brazos que conservan sus virtudes de alas
Un pabilo que titila en la noche mientras por los ojos abiertos desfilan los peces de la verdad.

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