miércoles, 22 de julio de 2009

Escrituras

Voy al Musée d'Archéologie méditeerranéenne et d'arts africain, océanien et amérindien de Marsella y entro en la sala de las antiguas culturas mediterráneas. Hace tantísimo calor, está sofocante; pero veo, cara a cara, por primera vez en mi ahora larga existencia, las tablillas sumerias cuneiformes. Son diminutas: de ancho no más de dos dedos, de largo escasos tres. Caben en la palma de una mano, en el fondo de un bolsillo pequeño y están cubiertas de cuñas, tan juntas y tan delicadas que apenas se distinguen una de otra. Son gruesas y parecen piedras rectangulares. Pienso en la amno que las contuvo, en esa mano, en la primera que trazó ese dibujo que, luego, sería una palabra. Pienso en esa mano que me antecede y me constituye, que me da sentido y función en el mundo; pienso en ese hombre que tomó esa arcilla, que hundió esa cuña y trazó esos signos, en principio, para saber cuántas ovejas tenía y, más tarde, para recordar. Pienso en ese hombre que me abrió la puerta para que yo pudiera ir a jugar. Al salir, paso por la boutique/libraire y no puedo resistir el gasto de veintidós euros en un bello libro, Bouqala, chants des femmes d'Alger. Dice en el prólogo que esas muejres se reúnen frecuentemente de noche para jugar un rito de adivinación y poesía. El libro es bilingüe árabe/francés y trae pequeños poemas en las páginas pares y hermosas ilustraciones en las impares: "Si los destinos pudieran retoñar/una miríada yo plantaría, / pero ellos están en las manos de Dios./ Tú, que das las gracias de los destinos/ dame amigos a mí, la solitaria extranjera." Ellas, las algerianas, también agradecen al hombre de las tablillas de Sumeria.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...